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hospedaje para la gente del campo. Los patios grandes en donde se acomodan los carros y las diligencias, las cuadras para el ganado, los corredores largos y espaciosos con interminable fila de cuartos, todos numerados como si fueran guardias de orden público, son tan característicos, tienen tan particular fisonomía, que difícilmente podrían adquirir otra naturaleza. Además, liay una encantadora independencia: no hay campana que llame á los viajeros á la antipática mesa redonda en horas determinadas. E n la posada come cada uno cuando quiere, sin contar con los intermedios, en los que el huésped revuelve las alforjas, tira de CAMiXO D E LA Í O X D A queso manchego, se abre de navaja, se sienta en un guardacantón del patio ó se tumba en el arcón de la cebada, y ¡duro, que es tarde I acabaV on el queso. E n la taberna de al lado se echa un quince de vino á la espalda, y ya está nuestro hombre en disposición de recorrer Madrid y liasta de admirar sus monumentos, incluyendo la farola de la Puerta del Sol y los leones de cartón- piedra de Gobernación. Guando el huéaped se descuelga en Madrid con la familia, la cosa varía entonces: ya hay mesa redonda, con espléndida fuente en el centro de cabrito asado ó pollo con tomate ó pepitoria de gallina. Un frasco de Valdepeñas ó la panzuda bota amenizan los entreactos; después, á dar u n pienso á las caballerías, y luego á la calle, todos en fila y muy cogidos de la mano, como figuras de cotillón. A la nociré, vuelta á la posada temprano, salvo alguna vez que van al teatro á ver la pieza que echan; generalmente á Romea, el teatro favorito de los forasteros, ignoro por qué, pero la cosa es cierta; y allí, ¡qué de risas! ¡qué de palmetear! Hasta que las personas que son ajenas á estas expansiones se vuelven airadamente para decir: ¡A callarse! El paleto no vive con desahogo más que en la posada. Sus compa ñeros de hospedaje son iguales á él. E n cambio, observen ustedes al paleto que va á una casa de huéspedes: en la mesa, no se atreve á comer; la cuchara, el tenedor y el cuchillo son para él tan difíciles como el hacer juegos malabares; de buena gana aplicaría los cinco mandamientos á todo lo que saliera en los platos, menos las salsas. Los huéspedes, que se consideran seres superiores, le miran despreciativamente. La conversación es de otra índole: allí no se habla de muías, ni de sequía, ni de sementera; en las casas de huéspedes se pica más alto, se está en el secreto de todo; hay quien tiene planes acertadísimos para acabar con las dos guerras; se conoce al céntimo el dinero que en tal ó cual negocio ha tomado un alto funcionario; se sabe el por qué la tiple H ó B ha dejado de pertenecer á la compañía; allí se sabe todo: liasta los que no pagan el pupilaje. Hay otros forasteros más holgados de conducta que no van ni á la posada ni á las casas de huéspedes, sino á casa de un amigo ó- Í pariente, á título de que se alegra mucho de estar á su lado. Estos LA SALA DE CONVEESAUION son m á s prácticos. Con una cesta de huevos ó un jamón que traen de su pueblo cubren el expediente, y se están á la sopa boba todo el tiempo que duran las fiestas. Empiezan por decir que no quieren causar ningún trastorno, que por la noche dormirán en el pasillo en u n sofá y cuatro sillas, y acaban por acostarse en la cama del matrimonio, y éste es el que tiene que irse al pasillo. Estoy en esto de los isidros por los que buscan su refugio en la posada; allí están más en su centro. Y de lamentar es que algunos golfos dediquen sus malas artes á burlar cínicamente al candido provinciano que á Madrid llega con vivos deseos de conocer y de admirarlo todo. Todavía recuerdo que no iiace muchos años se presentaron algunos individuos en los alojamientos de los provincianos vendiendo billetes para poder pasear por las calles de Madrid; billetes de sol y sombra. Como es natural, el sol era más barato. L u i s GABALDÓN. l Á LA I I. ADEKA! Fotografías Irigoym