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Asi, de marrón, iouf. court; como si aquéllo fuese antiguo conocido nuestro, como si estuviésemos liabituados a v e r i o figurar en el cotidiano menú- de nuestra respetable patrona. Eecogimos la vuelta, y saliendo por fin á la calle en posesión del codiciado paquete, no sin liacerlo antes desaparecer en uno de los bolsillos del que resultó tenerlos más amplios y desocupados, emprendimos de imovo el rumbo de la Universidad. El sentirnos dueños del acariciado confite, contuvo por de pronto nuestra impaciencia. Además, no Jiabíamos de ir comiendo por la calle; corríamos el riesgo de que alguien nos tomara por ciiicos de la escuela, ó cuando menos 0 r estudiantinos del Instituto. Aconlamos reservar aquélUí para postre de miestro almuerzo; postre suplementario, saboreado á solas en nuestro cuarto, donde teníamos destinado á deposito de golosinas el cajón de una vieja cómoda. l ara no abandonar el tema y respetar esta resolución, nos dimos á conjeturar lo que aquello sería, á lo que sabría nuestra dulce compra, Kra jiara nosotros indudable que se trataba de algiín fruto exótico, extraordinario, exquisito; lo subido del precio anunciaba un proporcionado goce gastroí ií i- aas -nómico; la negra, por una singular asociación do ideas, nos hacía pensar en esas frutas tropicales de tan decantada dulzura y aroma; y el letrero en francés, claramente indicaba que aquella golosina procedía de París. ¡De París! que liasta hacía poc) tiempo sólo había sido para nosotros el sitio de donde venían los jtiguetes m á s Ivonitos, más complicados y más caros, pero que c- omenzaba ya á presentarse á nuestros ojos de adolescente como la fantástica ciudad de las continuas diversiones y los vefinados placeres. r Todas estas impresiones, rápi (lamente sentidas, htibieron sin duda de dar al traste con la flrme. za de nuestro reciente acuerdo; y sin tomarnos el trabajo de dero- -gar su observancia, como la calle de la J uira, que recorríamos en aquel momento histórico, resultara á la sazón punto menos que desierta, nuestras manos se on (íontraron en el bolsillo del paquete, y en un segun. do salieron dueiras cada una de un ejemplar de la ignorada golosina. Voló por los aires la ligera envoltura de papel de plata, brillante y quebradiza como suelen serlo las ilusiones, y apareció á nuestros ojos una bola negruzca y almibarada, que nos apresuramos á llevar á la boca. Al primer bocado nos miramos estupefactos, y con una mueca que comenzó en puchero y acabó en carcajada, arrojamos al suelo el pedazo restante. E n el portal de enfrente, una vieja, luna bruja I sentada ante un hornillo que sostenía una olla monumental cuajada de agujeritos en su tercio inferior, pregonaba con voz cascada, á la que las circunstancias daban un sonsonete sarcástico y burlón; -jOalentitas! á porra grande, ¡oalentitas! Llegamos tarde á clase, y iialuraliiieitte, no euLramos; pero el Diemperdidi de Tito no pudo en justicia sei uos aplicado, porque experience jMSse science, segiin un proverbio francés más tarde aprendido, y aquel día nuestra ver ladera profesora fué la negra. ¡La negra! que sólo por siete pesetas, á más de darnos la primera lección de francés, nos ensetió compendiada la ciencia de la vida moderar los deseos desconfiar de las apariencias en todas partes, y muy especialmente en la corte ¡Quién sabe si esta lección nos libró en el porvenir de muchas tentaciones y nos ahorró no pocas pesetas! ¡Castalias! Lntre las muchas que luego, andando el tiempo, me han dado gratis individuos y colectividades, recuerdo pocas de sabor tan amargo como aquéllas, atractivas é incitantes, en el escaparate de la Compañía Colonial. Y es que aquel día en la calle de la Luna, al morder el primer trozo de marrón, dimos, sin percatai uos de ello, un mordisco á la experiencia. y su fruto, amargo siempre, resulta amarguísimo para paladares de quince años. 1. SANClIlíZ- GUERRA DIBUJOS DS M É S D E Z BRINGA