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MARRÓN GLACÉ ¿Te acuerdas, querido Enrique, do nuestra primera lección de francés? (jíi recibimos al airo libre y á precio tal, que si nunca pudiera tenerse por corto, en a iuel tiempo y para nuestros bolsillos de estudiantes tuvo consecuencias pneumátie as verdaderamente crueles. Por nú parte, no he olvidado un solo detalle. Jiocién llegados á Madrid, con sendos títulos de bachiller en la maleta, en el bolsillo poco más dinero del necesario para matricularnos en los estudios de facultad, y frescos todavía en las mejillas y en el corazón los besos de nuestras madres, nos instalamos en una casa de huó- pcdes, cuyos principios, aun siendo más sólidos y más sanos que los de algunos de nuestros liombres públicos, carecían, sin embargo, del jugoso aliciente necesario para liaccr olvidar á i uestros estómagos juveniles las sabi osas creaciones do la cocina maternal. lístoy seguro de que llevábamos en la corte pocos días, porque recuerdo que no conocíamos aún sino nn candno pai a ir á la Universidad, aunque no ignoi áljamos ya otros muchos por donde no se iba. Siguiéndolo, subíamos diariamente la calle de la Montera, y después de salir do la Red de San Luis, entrábamos por la calle del Desengaño, que recorríamos confiados y alegres, leyendo y releyendo el terrible rótulo fijo en sus esquinas, con esa indiferencia desdeñosa que s dedica á la simbólica palabra cuando aiín separan algunos años de los veinte, y los treinta apenas se vislumbran en horizontes remotísimos. 1 A la acera derecha de la callo titulada la callo de la Montera cumpliendo el bando en soguichllas on que el aktalde Cantillana, pone fin á la famosa comedia de Xarciso Sorra, tenía por entonces instalado su establecimiento la Compañía Colonial, y en uno de sus amplios escaparates se ostentaba en primer término una negra de bronco que mostrando entre los labios, animados por sugestiva sonrisa, sus dientes blanquísimos, y sosteniendo en sus brazos extendidos una bandeja repleta do confites y bombones de diversas clases, parecía brindar al transeúnte con el disfrute do todo género de dulzxiras. Golosos en extremo, como muchachos y como andaluces, aquella negra había atraído en muchas ocasiones nuestras miradas, aunque no dejaban ya de arrancarnos algunas á hurtadillas l; s blancas, que ligeras y vivarachas cruzaban detrás de nosotros, mientras en muda contemplación nos manteníamos ante el escaparate. Una mañana, nuestra impresión fué más viva y más intensa que de ordinario; los confites habían sido renovados, y la consabida bandeja aparecía totalmente liona do unos (híleos ó bombones do extraña forma y tamaño mayor que el acostumbrado, envueltos cuidadosamente en lo que entonces, con candoroso optimismo do lenguaje, llamábamos papel de plata. ol cuello do la negra pendía un tarjetón, en el que con grandes letras de coloros estaban escritas estas dos palabras: Marrón glúcíh, y debajo, con letras negras poquofiita esta adición, que nos pareció la más negra: medio kilo, siete pesetas. La misma desproporción del precio con nuestros recursos avivó, como suelo, el deseo; la curiosidad, que ejerce tau poderoso influjo sobre cerebros infantiles, se encargó do hacerlo irresistible. Casi sin liablar estuvimos do acuerdo; ¡había quo probar de aquéllo I Acto continuo, decretamos y realizamos un arqueo extraordinario, con rapidez de tramitación sólo explicable por la total ausencia de toda noción del mecanismo administrativo, y hallándonos con algunas pesetas más de las necesarias, empujamos con resolución la puerta de la confitería. Ni por un instante nos ocurrió la idea do preguntar lo que aquéllo era Jío se olvide quo éramos (istudiantos de leyes, y estudiantes madrileños ¡no faltaba m á s! Precisamente en una de las lecciones tíltimas, nos había hablado el profesor de Derecho romano do la Capiíis deminu io os dirigiinos al mostrador, y arrojando con majestuoso ademán cada cnal u n duro sobre el duro mármol, pedimos á dúo, con voz que pretendimos y no sé si lugramos saturar de indiferencia, medio líilo de marrón!