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leyenda una efigie de la Virgen, y cuando esa leyenda se examina y se discuto en tiempos más críticos y escrutadores, el corazón s e lia interesado ya por aquel simulacro, que tiene á su favor sobro cualquier otro el culto tradicional y el acostumbrado afecto. A la idea religiosa únese entonces el amor do la patria y el hogar, representado todo ello en la Sagrada Imagen por tantos conceptos apropiada, y en pueblos impresionables y expresivos como el valenciam tradúcense en manifestaciones entusiastas como las que promueve la aparición en público de Kuestra Señora de los Desamparados. Cuando en hermosa tarde del floreciente Mayo es conducida por las calles, en andas de plata, esa Virgen de rostro pálido y dolorido, que inc lina compasiva la cabeza para amparar á los ¡ue más amparo necesitan, es de ver el afán con que las valencianas, asomadas á todos los balcones, arrojan á su paso rosas deshojadas; no puede dai se homenaje más cariñoso y más poético que aquella lluvia de flores cayendo continua y copiosa sobre la Patrona do Valencia, ni contraste más conmovedor que el de su aspecto triste y afligido, con la general alegría. Mas para apreciar bien la veneración do sus dovotos, hay que ver salir de su ca iilla, no la imagen, -opia de la original, destinada á las procesiones ordinarias, sino la verdadera, como la llama el pueblo, la que nuestros abuelos creyeron hecha por mano de ¡os ángeles. Esto sólo sucede en casos solemnísimos, de gran júbilo ó do profundo duelo. Acudo entonces gentío innumerable de dentro y fuera de la ciudad, y llena ansioso la plaza de la Seo. Apenas aparece bajo el dintel de la puerta la efigie, resplandeciente de oro y pedrería, una aclamación inmensa la saluda; mil voces conmovidas y tréumlas forman un sólo grito, grito del alma, (l e tiene algo de himno triunfal y de i) legar: a y lc sollozo; nervioso cstiemccimiento corre por la multitud, como si la hiriese una chispa eléctrica, y muchos son los ojos ¿ue se humedecen, y muchas las lágrimas ciue corren por rostros varoniles, y nuichos los corazones que jj -KV palpitan, creyéndose ¡uizás inaccesibles á estos sentimientos piadosos. ¡Culto idolátrico! ¡Superstición! ¡Fetichismo! exclamarán (juizás los espíritus fuertes. ¿Por qué? Cuando dais al soldado una bandera y aplaudís que muera en defensa de aquel trapo rojo 3 amarillo, ¿no reconocéis la condición de la naturaleza humana, que necesüa materializar la idea de la patria y el honor del regimiento en un lienzo sin valor propio? ¿Por qué no respetar del mismo modo al pueblo religioso, que entre todas las imágenes do la Virgen María, iguales en su representación, so siente más atraído por aquélla que veneraron sus antepasados, y ante la cual la madre creyente liace doblar á los BOCETO DE SOEOLLA ¡lijos las rodillas infantiles? ¡Qué raíces tan hondas clavan en el corazón estas devociones seculares de los pueblos! La Virgen do los Desamparados ve Hogar muchas veces á su capilla, envueltos en el tropel do los devotos ó recatándose do ellos, á los hijos de la duda, á los que alardean de despreocupación y hasta de incredulidad. Un resto escondido de fe, un recuerdo grato, una costumbre difícil de romper, les llama y les atrae, y lo que no logró quizás la palabra de Dios hablando á la razón, alcánzalo oso mudo simulacro hablando al sentimiento v á la fantasía. TEODOKO Fotog. A. García, Valencia LLÓRENTE Cronista de Valencia.