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patio para dar el primer pienso al ganado, forman todos, á excepción de los que se quedan para hacer la limpieza de los dormitorios. El pienso se da nombrando caballo por caballo, y contestando el soldado la cantidad de ración que le corresponde. Después se hace u n minucioso reconocimiento del ganado y se procede á dar parte de si hay algún caballo que no haya comido. A las siete, y previo otro toque, cada soldado limpia escrupulosamente su caballo con un celo y un cariño exquisitos. El animal, por su parte, corresponde, y así no es de extrañar que cuando siente sobre su lomo la mano de otro que no sea su dueño, se vuelva para mirarle de mala manera y hasta le amenace con alguna coz si no es prudente y se retira. Por m á s que, como decía aquel mozo de picadero, eso va en caracteres, y cada animalito tiene el suyo. -A las nueve, los llamados furrieles verifican el recuento de las plazas que hay en el cuartel, para poder fijar de una manera exacta la distribución del rancho, que se hace luego. ¡El rancho! 1 Ahí es nada 1 El momento más simpático de la vida de cuartel. A las imeve y media, el toque de corneta congrega en el patio á todos los soldados. Forman las baterías y se hace la distribución á presencia del oficial de semana. Los rancheros colocan en el suelo las inmensas ollas, y con el cazo van sacudiendo sobre los platos la comida. Los soldados van desfilando por delante del marmitón como en columna de honor. Los favorecidos con la carne son nairados con envidia por los compañeros, que escudriñan con el deseo la inmensa marmita con la misma ansiedad que los I i donados á la lotería el bombo donde ruedan bolas mentoras do los premios. El patio del cuartel á la hora del rancho ofrece animadísimo aspecto. Unos, en apartado rincón, engullen silenciosamente su parte, tirando al pan sendos pellizcos; otros forman corro y se reparten amigablemente la carne, si les ha correspondido, con objeto de nivelarse j por aquello de hoy por ti y mañana por mí, razón poderosísima; algunos, los capitalistas, se asocian para ir á la cantina, con objeto de refrescar la ración; todo cambia por un momento y rompe por instantes la severa línea militar, que vuelve á rehacerse á las diez, hora en que tiene lugar el relevo de la guardia. A las diez y media se practica la cura á los caballos que están enfermos, que son muy contados, pues puedo asegurar que el día de mi visita al cuartel sólo había tres ó cuatro en la enfermería, bien poca cosa si se tiene en cuenta que hay 860 caballos en las cuadras. A las once se vuelve á pasar revista al ganado ante los oficiales de semana, se le da de beber, y si es primavera ó verano, ración de forraje, cosa que á los caballos les satisface muchísimo. A las doce es la visita del coronel jefe del cuerpo, y se toma la orden por los oficiales. Desde las doce á las tres el soldado disfruta de relativa libertad. Unos entretienen sus ocios lavando la ropa en la fuente del patio, poniéndola luego muy cuidadosamente al sol, después de restregarla fuertemente sobre los guijarros del piso, sin duda para que se aclare antes; otros tocan en la guitarra los últimos tangos con letras alusivas á Máximo Gómez, ó manejan el acordeón con cierto ensañamiento y alevosía. Los que no tienen aficiones líricas hacen corro y hablan de sus cosas; de la última tarde que estuvieron de alegría en las Ventas, de la última recepción en la Fuente de la Teja, ó de sus conquistas amorosas; porque ¿qué soldado no t e n d r á su cachito de novia, casi siempre del servicio doméstico? Mientras él está en el cuartel pensando en su amor, ella está pensando en él y destrozando la loza que cae en sus manos. Los que tienen su familia fuera aprovechan el rato escribiendo largo y tendido, con mil detalles de su carrera y expresiones y recuerdos á todos los tíos del pueblo. Los hay que ejercen la profesión de memorialista, y como es natural, hacen valer sus buenos servicios, aunque por cantidades sumamente módicas, sobre todo en atención al compa-