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nados riscos por donde i esbalaba et ganado, arranoan lo chispas á los pedruscos. ü o s mulos se despeñaron cu la última subida, y con los nmlos su carga: un cañón dos cajas de nruniciones. Al coronar la meseta, sólo la energía de nuestro capitán pudo mantenernos firmes, ya que no serenos. La columna estaba rota y deshecha; Imían los jinetes, convencidos de su inutilidad en aquellos riscos, y combatían en desorden los soldados, mezclados los batallones, sin orden ni concierto. Los enemigos gateaban ya por el barranco, intentando tomar aquel nuestro último reducto, y entonces Temprado, mordiendo nerviosamente el barbuquejo de su ros, ordenó el fuego con meti alla. Barríamos materialmente el monto, haciendo saltar las piech as y las ramas de los cascajos. Los carlistas, contenidos en su impetuosa ascensión, amenazaban con fusilar á todos los artilleros. -A ellos no, respondía Temprado; á mí, que soy quien los manda. Y enardecidos nosotros por la serenidad estoica del capitán, trabajábamos como furias con el atacador, con las palancas, con los escobillones, refrescábamos las piezas con agua de jabón, y otra vez la metralla se abn a en moital abanico sol) ro los carlistas de Miret y los mozos de escuadra de Savalls, que subían con música y todo á celebrar su victoria y nuestra huida. A retaguardia nuestra, un rumor infernal y siniestro, el i umor del pánico y do la dosbandadn, arrastrah ¡i los últimos restos de la colunma líouvilas; el barranco llamaba á los vencidos, y al bai- ranco corrían todos- fatal monte y sin voluntad, impulsados por el horrible pánico de las multitudes. El batallón de Xavarrn, que seguía resistién lose, recibió mímiciones licnlan en vez de licmin. ü ton, y aquella triste equivocación, bien explicable en tales circunstancias, fué la última señal para la huida. Sólo el pelotón de artilleros, sujetos allí por la heroicidad sublime de Temprado, seguíamos disi aran lo metralla. Ya liabíamos sacado los machetes, dispuestos á defendernos cuerpo á (tucrpo; á cada instante caía exánime uno de los nuestros sobre los botes de metralla, y allá detrás los soldados conductoi- os pugnaban por aquietar á los mulos, que coceaban espantados ó caían heridos agitando las patas. Cuando toda salvación estaba desechada y toda defensa era imposil) lo, nuestro capitán, ya herido en nn muslo, clavó con su mano dos de los cañones. Faltó el clavo para el tercero, y robainoí á dispararle otra vez, á dos i) asos de los que subían. ¡Ríndete! ¡ríndete! ¡Eres un valiente! decían los carlistas. -iS i me rindo, contestó Temprado, ni abandono las piezas. Y tirando enérgicamente del tiiaflíctor, cayó muerto el capitán Temprado al pie de la cureña, (lue por proi) io movimiento se acerctó á besar el cadáver impulsada por el retroceso. De esta manera, el último disparo de Castellfallit fué salva de honor disparada sobre el -adávcr de Temprado por la misma mano del héroe. Lurs KOYO VILLANÜVA M O R T E DKL C A P I T Á N TKMPEAIIO Dli JIÁDIIID CtlíDRIl DK MARCKI. INO DE U CHTA, KXlSTKSrK KH (I. A ORAN Í ESA