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lo- cañones de bronce, las cajas de municiones, la cureña, en fin, y las palancas para armar luego la pieza en un periquete. Desde Olot hasta Gerona, y desde Gerona á Olotj cantaban los de vanguardia poniéndose en camino, y algún cazador quería emprender el paso ligero tarareando el himno alegre de Los cuatro sacristanes: Disfrazado de perro de presa un carlista se vino á Madrid, 8 K tanto que los que aguardábamos el turno del desfile cantábamos también según el oído ó las aficiones de cada cual; los más la jota, la socorrida jota, con la copla consabida de actualidad: Si Don Carlos quié corona, que se la haga de pepino. JMomentos después, toda la columna estaba en marcha por un terreno pedregoso, imposible; el avance se hacía á la desfilada y de dos en dos; iban á vanguardia la compañía de voluntarios, los batallones de Cádiz y Arapiles y un escuadrón de Alcántara; marchaban detrás tres compañías de carabineros, y luego el general Nouvilas con el batallón de JSÍ avarra, cuatro compañías de Barcelona, la impedimenta, otro escuadrón de caballería, y nosotros; setenta y cinco artilleros, con cuatro piezas de montaña. A retaguardia venían las otras cuatro compañías de Barcelona. Poco á poco cesaron las canciones y empezaron los gritos 5 los juramentos que una marclia penosísima y difícil hacía arrancar de nuestros labios. De cuando en cuando teníamos que hacer alto porque la comitiva se rompía como una mala procesión y no convenía sostener aquel fatal fraccionamiento; nuestros mulos jamás habían andado tan toi pes: unos se cortaban de aliento arrodillándose de manos, otros se asustaban ante la propia sombra de sus cargas; de momento en momento una nube de tristeza y de disgusto parecía envolver á toda la columna, hombres y brutos, armas y municiones. A las dos de la tarde llegábamos á la derecha de OastellfuUit, siempre por el mismo terreno abrupto y escabrosísimo, poro estratégico sin duda, porque caminando por lo más alto de la sierra, dominábamos perfectamente los alrededores para el caso de una agresión, próxima sin duda, dada la misteriosa s aparición de algunos jinetes carlistas que venían siguiéndonos desde- las doce. El enemigo acechaba sin duda una ocasión, y ésta no tardó en presentarse. Buscando mejor camino empezó á descender la columna, y apenas dejamos las alturas coronáronse éstas, primero de boinas blancas y azules, luego de repentinos resplandores, seguidos por el ruido de las descargas, que repetían los senos del monte. Nuestro capitán, el capitán Temprado, dio allí misnro sus primeras órdenes, y en un santiamén descargamos los mulos, empuñamos las palancas, se armaron y cargaron las piezas, y cmi ezó el faego ordenado con los cuatro cañoncitos de bronce, que parecían brincar de júbilo á cada reti oceso de los disparos. Bien pronto limpiamos de boinas y resplandores nuestro campo de tiro; pero el enemigo aumentaba por otros lados, surgía en todas las alturas, subía oculto entre los carrascales; como el eco multiplicaba nuestras voces monte abajo, algún eco infernal multiplicaba no ya los ruidos del enemigo, sino el enemigo mismo, que visiblemente corraba y apretaba contra nosotros su anillo de fuego. Dos ó tres veces mudamos el emplazamiento de los cañones, buscando las más altas mesetas, sudando como gañanes, cargando sobre los mulos los cañones humeantes aún, y subiendo como cabras por cmpi-