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mación se reconcentran en esos primorosos nidos de lona y tablas que se llaman casillas, y qne se escalonan bajo los árboles como las tiendas de un ejército do walkyrias y de gnomos. í E n Rusia hay ferias de mujeres; no diré yo que las casillas sean verdaderas exposiciones de ejemplares del bello sexo, pero sí puedo asegurar que el que quiera ver y admirar las gracias de las niñas sevillanas, tiene que pasear por delante de esas floridas jaulas, en las cuales cantan como canarios y se revuelven como alondras. sUna sencilla tecliumbre de tijera, de la que penden lámparas y cestillos de hiedra, cubre aquellos aposentos levantados como por encanto, en los que no falta el velador elegante ni el empenachado espejo. Entre aquellas cuatro telas suelen verse en apretado haz los tipos más heterogéneos y curiosos. Ora se mece indolentemente en un ángulo una maja de redondo seno y pie diminuto, con cuyas randas y caireles juega u n lebrelillo travieso; ora se agrupan á la puerta cuatro ó seis jóvenes alegres y decidoras, que se burlan de cuantos transitan por aquella parte y dejan embobada al extrxnjer- que sorprende al paso sus matas de pelo negro y sus ojos rasgados y centelleantes; ya se forma en este lado una verdadera soirée familiar en que se toca, se baila y se canta por riguroso turno; ya se ve en una casilla próxima á varios jóvenes de anrbos sexos que ríen y charlan como cotorras mientras que los papas dormitan en las butacas agradablemente; ya resuenan, en fin, á lo lejos las bandas militares, que marcan los compases de un rigodón ó de unos lanceros, bailados con todas las reglas de la etiqueta en las casillas de los círculos de recreo. í L a fotile pasa entretanto por delante de las casillas sin sospechar los misterios que encierran ni los castillos do naipes que se forman bajo sus toldos. Los ruidos m á s diversos y antagónicos flotan en aquella atmósfera perfumada por la esencia de azahar, el agua de lavanda y los búcaros de rosas del tienrpo. Ya son los cohetes que truenan y se deshacen en lágrimas de colores, ya el tambor de los teatros mecánicos, ya la gaita de los caballitos de madera, j a el infernal rumor de los pianos de manubrio. Y en otro lado de la feria las buñolerías llaman á los trasnochadores. El sencillo anafre no deja de arder en los tres días, y como digna vestal de aquel fuego sagrado, la buñolera, con su bata do percal y su pañolillo de seda al cuello, no cesa de atraer parroquianos, que sentados ante el albo mantel que cubre una sencilla mesa de pino, abren camino al aguardiente de Ojén ó de Monóvar, consumiendo docenas y CIRCULO DB LABRADORKS docenas de calientes buñuelos. ¡La feria de Sevilla! Espectáculo antiquísimo, tema mil veces explotado por el escritor, fiesta mil veces descrita por el periodista, pero tema, espectáculo y fiesta siempre nuevos, porque son la eterna juventud, la eterna alegría, la eterna esplendidez andaluza repitiéndose de generación en generación. Podrá el tiempo desconchar y envejecer cada día más las reliciuias artísticas y los monumentos arqueológicos que Sevilla guarda; la débil y fi- ágil ciudad de los tres días será eternamente joven, porque es eternamente renovada. Bibujoí dtí ünerfa! y Fotografin d ¿IHr nyrn L U I S ROYO VILLANOA A u- c- v if PRIMEKA COEKIDA DE FBKLA. SALIDA DE LA CrADRILLá.