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beniac n podían h- iiev, y do seguro traerían, una grave i) erturbaci n á su pai ti (lo y niz; í á la patria, iaie. í to que los siil cesos se encadenan oii la política de tal modo, que no liay á veces la menor lógica entre el acto que inicia un movimiento y wus consecuencias y ramiücacioues. -FAI Jin, eso ya no tiene remeiüo, pense) y maiulando retirar el coche, se dirigió á pie á la i) laxa de Oriente y entró en una casa de modesto aspecto. Allí, en el piso jndncipal, vivía ICva iVIontini, estrella del arte líricf) y que durante atiuel invierno liabía arrebatado en el teatro Real á los aficionados á la nuísic a y á los aficionados á las bellezas femeniles, lia l) ía dado catorce funciones, y dentro U pocos días iba á verificarse la décimaquinta y última, sin (jue los ruegos de la empresa y los halagos del abono udienin conseguir ue iva renovara su contrato. iMontaliaín entró en acjuella liabitaci n como liond) re ne conocía la casa, y sólo se detuvo (aiando á la uerta de un gal) inere el secretario de la diva le salii) al encaientro, sahidánrlolc con extremada finura. -l- istá enferma, le dijo con acento italiano y malísima sintaxis; el médico ha dicho ¡ue no debe hablar con nadie ni una palabra, si ha de cantar mañana su última función. Si usted entra, liablará seguramente. Yo le suplico que no insista. ¡Mo faltaba más! dijo iNIontalbán; volveré mañana. -l ero no (hga usted que ha venido, ¡por Dios! orque me reñiría nuicho or habeiio hecho esta advertencia, l istá (leseando verle. Al oír esta última frase, los ojos de iVhíntalbán brillaron con singular resplandor; todos sus disgustos de aquel día quedaron compensados con tan agradable noticia. ¡Deseaba verlo! ¿Qué le importaba la suerte de su paitido? -iísada, nada, repitió, mostrándose amabilísimo con el mensajero ie tan agradables nuevas; hay que dejarla, para que no hable con nadie. Ahora no me importa estar sin verla un día, porque ya no nos separaremos más. Me voy con uste les á Viena y adonde vayan, l i e presentado la dimisión para eso. ¡Ali! Que no la entren periódit s mañana, que quiero yo mismo darle la noticia. -Pero eso es una locura, se permitió decir el secretario. -Todo lo que á ella le agrada es cuerdo, contestó Montalbán despidiéndose del servidor de VA- A, que le acom añ hasta la jiiierta deshaciéndose materialmente en ridículos saludos. Ya en la -alie, Montalbán levantó la vista para mirar á los balcones de la Montini. En la jilaza de Oriente reinalxi un silencio absoluto. De repente oyó unas vocalizai- ioncs estruendosas, ilíran del bajo de la compañía, que iNíontalbán conocía perfectamente, y á quien odiaba por ser un hombre de groseros modales. ¿Qué hacia allí? ¿listaría con el se (a tario de la diva, de quien era íntimo amigo? Las carcajadas argentinas de Eva, que á través de los cristales llegaron á los oídos de 3 tontalbán, le sacaron de dudas. Intentó subir nuevamente, i ero algo repulsivo que sentía desde aquel instante hacia la diva, el bajo y el secretario, le hicieron retroceder, y derramando lágrimas abundantes se encaminó rápidamente hacia su casa. Al día siguiente i fontalbán salía, no para el extranjei- o, sino para una modesta finca de su propiedad, enclavada en lo más abrupto de la provincia de Santander. En el vagón liel ferrocarril comenzó á hojear periódicos. Todos traían títulos alarmantes en sus artículos do fondo; la crisis era total; su jiartido quedaba roto; el exministro de la Gobernación ataisaba en su órgano en la p r e n s a d a desleal al Presidente; todos convenían en que el suceso tenía trascendencia grande para la historia de la política española, y prodigaban el ingenio y la malic. ia para buscar las causas de tan grave acontecimiento. Montalbán, cuando acabó la lectura de todos los artículos, reclinó la cabeza en el respaldo, exclamando; ¿Si habrá habido en todos los hechos de la historia la misma causa? ¡Una mujer hermosa! EMILIO DIBUJOS DK M É N D E Z BEING. SANCHJ Z AST 0 K