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El ministro do la üobeniación aprovcclió estas palabras para demostrar quo no debía nadie abandonar su puesto, y menos el Sr. Montalbán, con el cual estaban niuj contentos e ¡país y la ma. yon a do las Cortes, líl (jol) ierno tenía un programa que realizar, y no se debía provocar crisis alguna hasta que se Imbieran -onvertido en leyes todos los j) i incipios qxie aíjael ministei io repi osentaba. Hidw otro momento de pansa después de las palabras del ministro de la (joberna ión. Todos miraron al Presidente, y éste seguía haciendo i ayitas azules y encarnadas en el papel. El ministro de Marina, que era un andaluz muy jovial) dicharachero, al ver la actitud del Presidente dijo á ílontalbán al oído: -Cámara, este límjne empieza á hacer agua, y yo, como buen marino, me quedo el último. Por fin, el Presidente levantó la cabeza y dejó el lápiz; sin abandonar su soni isa pintó con vivos colores los tropiezos á que se iba á e poner el Cohierno, hizo muchos elogios de la gestión econó mica de Jh) ntalbán, reconoció sus grandes méritos, exageró las iliticiiltades que iban i surgir jiara) uscarle sustituto; pero no tuvo ni una palabra para suplicarle que se (juedara en el Gobierno y a p l a z a s e su determinación. ntes por el contrario, en cuanto acabaron los elogios á Montalbán, ue tenían todo el carácter de una oración fúnebre, se levantó, anunciando cjue iba en el acto á Palacio á dar cuenta de la situación del Gabinete. líl ministro de la Gobernación, quo representaba en el (robierno la jnisma tendencia política que el de Círacia y Justicia y que además a- A hond) re de una vivacidad grandísima, se apresuró á decir: -Pero bueno, ¿en qué situaciíin quedamos? Y el Presidente, que había vuelto á tomar su aire distraído, contestó: -Pues voy á ver si puedo linntar la crisis á Montalbán y á Gracia y Justicia. -Eso no puede sor; si se va el ministro de Gracia y Justicia, no me puedo (iue lar yo en el Gobierno. Esta es una crisis política sencillamente. El residente arrugó el ceño al oir esta brusca declaración, volvió á sentarse, y en el acto comenzó una discusión fría, de exagei- ada coiiesía, cuyo tema era la faciliilad con iue to los esta 1: an dispuestos á dejar sus cargos, y sin más nota discordante que la eterna metáfora del ministro de í l a r i n a Cuando mi buque hace agua, el jefe de los marinos de e ser el último que lo aband ine. uel debate, en que reinaha ima falsa armonía, terminó acor lando todos depositar su confianza en el Presidente para que reorganizara el gabinete en la forma quo le pareciese más oportuna, y en el acto el jefe del Gobiei- no idió el coclie y marchó á Palacio para dar cuenta de la crisis total del i linisterio. VÁ ministro de ia Gobernación se llevó al hueco de un halcón á Montalbán y al de (iracia y Justii- ia, y con la frescura de que hacía alarile y ¡ue le liabía granjeado una fania imnerecida- de hombre li. sto, dijo al inicia lor le a crisis: -Ann go Nfontalbán, me alegi ai é que fuera del tSahin te recobi o usted su salud. Yo también voy á cuidar de la mía, y al Presidente dígale usted de mi aite que para echarnos á los que aquí representamos d e t e r m i n a d a tendencia, no tenía necesidad de ponerle á usted enfermo. Ahora veremos cómo gobierna sin el aj) Oyo de mis amigos. ¿Pero es usted capaz de creer? replicó Montalbán. -A mí en estas cosas no me la da nadie, amigo j Jontalhán; conozco nnicho á ese hombre. V. n cruento empezó el onsejo se uso á hacer i ayitas, y dije pai a mí: ¿Cri sis i ayada Eso es para que tenga más alcance. El exministro de la ¡oljernación. rió estrepitosamente su propia ocurrencia, y abandonó la sala del Consejo seguido del de Gracia y Justicia. A las preguntas de los periodistas contestó que ni él ni ninguno de sus amigos entrarían en el mievo Gobierno que se formase; señal segui- a de la disidencia quo iba á iniciarse y que reflejó toda la prensa de la noclie. Alontalbán salió el último de la Presidencia; al mal lurmor con que entró en el Cojisejo le había sucedido una tristeza profunda. Las suspicacias del ministro de la Go-