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P R I S I O N E R O S TAGALOS KN KL I N T E K I c R D E UNA T K l l í C H E R A se entregaron con la impavidez de un fatalista. Según nos dijo un soldado indígena que sirvió de intérprete, los cautivos vivían en la más santa ignorancia; nada sabían de la toma de Silán, y la batalla del día 17 se la liabían pintado como una derrota de los casHlas. Inspira lástima tanta ignorancia y tanto fanatismo; sólo con que los insurrectos de Cavite supieran lo que ocurre, conocieran la fuerza que avanza sobre ellos y supieran algo de los fusilamientos de Manila y del avance ordenado de nuestras tropas, había bastante para que esta gente se presentara á centenares Mas no filosofemos. El hecho es que nuestra sencilla marcha militar, que emprendimos sólo con el carácter de un reconocimiento, había dado por fruto la toma de dos trincheras, la muerte de algunos rebeldes y la prisión de otra porción de ellos. Ya era bastante p a r a nuestra interior satisfacción, como dice la Ordenanza, y era hora también de descansar, siguiendo el precepto dictado á rajatabla por el general en jefe: que se atienda á la salud del soldado primero que á nada, y que no m e n u d e e n sin necesidad las marchas fatigosas, que causan en las columnas más bajas que un combate. Acampamos, por c o n s i g u i e n t e después de organizar el necesario s e r v i c i o BL R A N C H O D E LA COLUMNA de avanzadas y escuchas, y mientras en las ollas del rancho se cocía la carne sabrosísima de un carabao recién inmolado en el ara de nuestra victoria, los soldados indígenas demostraban su habilidad y su cariño á los castilas construyendo tiendas, mesas y banquillos sin más útil de carpintería que el cortante bolo, manejado por ellos con rarísima habilidad. MAECIAL GUTIÉRREZ Fotografías de Cltofré, Manila