Patrocinado Por:

Volver

Resultados de la búsqueda

Resultados para
una boyera, estimulando todas á la vez con sus gritos á las reses, y cuando se torcía un poco la ruta, poniendo en peligro el equilibrio de la nave, estallaba un rugido en las dos hileras de pescadores que caminaban, sin quitarle ojo, á uno y otro lado del bote. A lo mejor había que hacer una parada para apretar un nudo; cesaba un instante el clamoreo, y una turba de pilletes de playa asaltaba las bordas por el gusto de estrenar el lanchón antes que nadie. Perucho iba presidiendo la ceremonia, loco de júbilo, sonriendo á derecha é izquierda, gritando á to el mundo: ¡Cuidado! como si el lanchón fuera cristal, olvidado de cuanto no se relacionara con nave, hasta de que su mujer se hallaba indispuei desde por la mañana y tal vez en aquel momei estuviera dándole el primer vastago do su niatriii nio, ese hijo, el más soñado por ser el primero. Y no era que no desease e niño ni amara á su esposa; era que aquella barca, que caminaba arrastrada por los bueyes ante él, constituía la i l u s i ó n suprema de su existencia, significaba la realización de sus deliquios de siempre: el hogar pro- pió, la independencia ua T presente, el porvenir. VlfAj. Tres ó cuatro mujeres se precipitaron al encuentro de la tumultuosa procesió) 4 cuando ésta arribó á la playa, tendiendo los f brazos, gritando algo que no se entendía en el estruendo de la marcha del lanchón. Cesado el ruido, oyóse lo que aquellas pescadoras decían: jCorre, corre, Perucho! ¡Ya ha librado! Perucho pegó un salto al escuchar la noticia, y abriéndose paso á empujones por entre sus compañeros, que le felicitaban, echó á correr rojo de alegría hacia su humilde casa de tablones sin cepillar. Un pelotón de comadres le recibió á la puerta, exclamando al verlo: Que sea enhorabuena! El mozo no las hizo caso; se entró en la choza, y salió en seguida con un recién nacido en los brazos, ya vestido con su gorro y sus pañales, gritando el honrado pescador á todo pulmón: Es un chico! ¡Un chico! ¡El bote nuevo tiene ya piloto! Una mujer remedió aquella imprudencia arrebatándole el rorro y entrándosele á su madre. Perucho le soltó después de darle un gran beso; luego corrió al lanchón recién llegado, estampó otro ósculo tiernísimo en su proa, y por último abrió toda la llave á su alegría, gritando con profunda buena fe, mientras echaba al alto la boina, como resumen de su inmensa gratitud: ¡Viva la Virgen del Mar! X, ALFONSO PÉREZ NIEVA DIBUJOS DE MARTÍNEZ ABADES