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CLAEA. -Dios nos m a n d a no contrariar los impulsos de ntiestro corazón, cuando no son malos. T E E K S A -E s que los impulsos del corazón de la mujer no son más que esos: criar ángeles para el cielo y hombres para la tierra. C L A E A -O consagrar la vida á rezar por ellos. TEBKSA. -No digo que no; pero ¿no se enfadará señora conmigo si digo una cosa? C 1. ABA. -Contigo, no; di lo que quieras. T E R E S A -B u e n o pues pongamos que á la nación, ó al pueblo, ó como se quiera decir, ¡á nuestra España, vamos! le hacen una perrería éstos, ó los otros, ó los de más allá, y se arma la guerra. En seguida los que nos m a n d a n van y dicen: A ver, vengan cincuenta mil, sesenta mil, cien mil liombres á empuñar las armas. ¿Para qué? Para defender el convento de la señora, y esta posesión del señorito, y esos rastrojos en que espigamos, y aquellos montes de donde sacamos la leña, y aquellas fuentes de donde coge; Qué pronto se dice eso! ¿verdad? Pues cada uno ha necesitado una madre que le haya echado al mundo, y le haya criado á sus pechos, y le h. aya h. ccho ñiei te en el trabajo, y duro con las piivaciones, y s u ñ i d o por el temor de Dios. Y si todas hubiéramos liecho lo que la señora, pues no se ofenda la señora, pero no habría mozos que murieran por defender el convento, y las tierras, y la casa en que hemos nacido, j cosas santas que no está bien que pisoteen los extranjeros! ¿Me h a comprendido la señora? Ci. AJEA. -Sí, te comprendo demasiado, pero estás equivocada, Teresa. Hay algo más y mejor que el servicio y la adoración de la naturaleza, que el cariño á la patria, que el cultivo del suelo con el sudor de la frente. Hay el convencimiento d e la inutilidad y de la miseria propias, el desprecio de los bienes y de las comodidades, el dominio sobre los deseos, la victoria sobre las pasiones, la abdicación de la libertad para consagrarse á Dios en cuerpo y alma, ofreciéndole el sacrificio de la vida entera para que perdone los pecados del prójimo. Tú sirves á Dios cuidando de tus hijos, espigando en el rastrojo, lavando en la acequia, trepando á la montaña, aterida en invierno y abrasada en estío, pero con luz, con aire, con libertad; compensando el dolor con la alegría, la fatiga con el descanso; yo le sirvo dedicándole mi pensamiento á todas horas, rezando para que te proteja, velando en el coro mientras tú duermes tranquila después de un día de trabajo. Y mi sacriíicio es más grande que el tuyo, porque he cambiado las riquezas por la escasez, el sol por las tinieblas, la libertad por el encierro. ¿Verdad que no me comprendes, Teresa? T E B E S A -N o del todo, pero creo firmemente que la señora es una santa. M Kmf