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rias que destruir y ihlancoS que atinar, para icolgarnos muclias piezas, para agruparlas con m. odestia en el recuento de última Inora, y lucirlas con orgullo en la estación del apeadero mientras llega el tren que nos reingresa en la corte. Empieza la veda con las caricias primaverales. A cambio del martirio cruento, de la persecución encarnizada de que las liebres, conejos y perdices sois objeto durante medio año, tenéis ahora siete meses de descanso y de ilusiones en la época más hermosa del año. Podéis abrir las puertas del vivac; podéis enterrar á vuestros últimos muertos y solemnizar los nuevos bautizos seguros de que nadie acechará en la emboscada, seguros de que el olor acre y penetrante de la pólvora no se mezclará con los perfumes del monte. Podéis arreglar los nidos y dotarlos de todo género de comodidades en la certeza de que ni durante las ausencias que os impone la necesidad de buscar alimentos correrán peligro alguno los polluelos, ni os expondréis á quedaros en el camino, rotas las alas ó destrozadas las cabecitas. La veda rige, y debe respetarse. Quien la burle no es, seguramente, buen cazador ni hombre de conciencia, pues los disparos que en su transcurso se hagan, producen más daño que los lazos, más estragos que el hurón y las alimañas, porque destruyen la fecundación y se oponen á las leyes de la reproducción universal. La sombra de aquel chaparro, la de aquella encina, encubridoras tantas veces de vuestros asesinos, son ya sombras... sin sombras, francas, honradas sin tapujos ni misterios; sombras plácidas y refrigerantes, que irán ensanchándose poco á poco á medida que los días transcurran, hasta que os permitan llevar á veranear en ellas á toda vuestra familia, y convertir su circuito en amplio y mullido salón de reoreo ó en fresco y confortable dormitorio. Entre la de aquellas jaras, acorazadas y sombrías, no relucirán ya con su chisporroteo de ascuas los ojazos ardorosos de los perros, que os acorralaban y magnetizaban y os hacían saltar al fin, ciegos y locos de terror, para que atravesarais á can- era tendida la línea de fuego de las escopetas, ú os derrumbaseis sobre ellas al levantar el vuelo. Los ruidos del monte tampoco son ya sospechosos. Traerá el viento á vuestras madrigueras rumor de regocijados cantos, sonar de alegres y lejanas campanas de iglesia, charla de niños y gritos de mujeres; pero el pavoroso toba toba de los ojeos, el ¡búscalo, perrito! y el ¡ahí íJct no formarán y a p a r t e d é l a salvaje y poética sinfonía de vuestros dominios. Los silen. cios tampoco deben inquietaros. S e r á n verdaderos, absolutos, francos también como las sombras, y sin mezcla de pisadas cautelosas ni de voces ahogadas. Q- Si algún rayo de sol so quiebra y centellea sobre cualquier objeto, no será el tal, seguramente, el cañón de una escopeta. Será un pedazo de vidrio de la botella del último almuerzo cinegético; será cualquier hojuela teñida de suave y tibio rocío; será la cápsula dorada del cartucho vacío, que las hormigas no han podido romper ni conseguido llevarse La paz n o es ficticia; la tregua es real. De siervos pasáis á ser señores de perseguidos á perseguidores, de víctimas á verdugos; que ahora, entre el misterio, la soledad y el respeto de la veda, destruiréis á placer nuestros pulmones de otoño, nuestras estufas de invierno, royendo y talando el monte, sin hacer distingos; la maleza y las flores, el tomillo y las pinas, los pastos que valen dinero, y la hojarasca, que no vale nada. DK E S T E V A N EKHIQUE SEPULYEDA