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LA VEDA Desarma la escopeta, tápale los cañones y guárdala en la caja de uero, que parece embalaje de violln. Saca del morralillo los frascos de peroloruro de hierro y de árnica, las tiras de aglutinante, el tafetán las vendas y los demás remedios que en él guardaba para atender á los accidentes de caza, tan frecuentes, t a n imprevistos y t a n desgraciados. Junta escopeta y morral; agrupa ambas cosas con la canana, la bocina, V el tfl. nnbocas; añade las polainas, saturadas de aromas campes s con el hierro del monte, y al sótano con todo. 1 0 no haré iafetermás á la pólvora, porque rige ya la veda, II I es, á mí no me gusta la caza, ni me avengo con la matanza. I recobra la quietud turbada el l.o de Septiembre. ¡Qué! i Qué encantadora tranquilidad I La veda, decretada sobre el blanco papel de riguroso bando, así como á manera de enseña de parlamento, protege desde ahora la generación reproductora de los infinitos seres que pueblan el campo. Gozad de la tregua y aprovechadla bien, para que cuani r. A 1 n +o ñn- innpl- crq nQn gug mafiauas I I I i I is azules y sus I III entremos mate-