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afirmó de nuevo sus garfios en las junturas de las tejas que formaban el iorno de la tapia, la suspendió hacia el callejón, descendió por ella rápidamente, y después de recogerla echó á andar con precipitados pasos. Notó entonces que el farolillo que alumbraba la sagrada efigie de Nuestro Señor Crucificado, que bajo un cobertizo de tablas estaba adosado á la pared de una casa fronteriza al convento, se había apagado. ¿Por qué le impresionó hecho tan insignificante y justificado perfectamente por el fuerte viento que zumbaba encallejonado? Al dar la vuelta á la esquina y entrar en la plaza á que daba la fachada de la iglesia, sus ojos, anhelantes do luz, se fijaron en otro farolillo de aceite que iluminaba débilmente un grupo escultórico, representando la Anunciación, que había en un nicho sobre la puerta principal. Tan tenue era el resplandor que aquella luz esparcía, que dejaba en penumbra, más imponente que la obscuridad misma, la gran puerta de madera, reforzada por grandes clavos do hierro, que corraba la entrada al templo. Despavorido el capitán, tan grande fué el temblor que estremeció todo su cuerpo, que tuvo que apoyarse en la pared para no caer en tierra. De aquella puerta se destacaba una larga y blanca mano que le llamaba, moviéndose lentamente de vez en cuando. Y lo sorprendente era que no se divisaba cuerpo alguno á f ¿ue pudiera pertenecer aquella mano. Volvió á agitarse ésta. No había la menor duda de que lo llamaba. ¿Por qué tembló de nuevo el capitán? ¿Fué por efecto de la violenta corriente de aire, ó por miedo? Si acaso fué temor lo que sintió, trató de dominarle, y con voz sonora, aunqttc algo trémula, preguntó: ¿Quién otes? ¿Qué quieres? ¿Para qué me llamas? No obtuvo respuesta. Únicamente el zumbido del viento interrumpió el silencio, y de nuevo la mano volvió á llamarle. ¿Te burlas de mí? dijo airado Eamiro de Villabona. Nadie lo hizo impunemente hasta ahora. Y desenvainando la espada quiso arremeter contra el silencioso burlón, pero las piernas- se negaron á obedecerle. Dejó caer la espada al suelo, y echó mano á las pistolas. Con una do ellas apuntó é hizo fuego. La mano misteriosa se movió otra vez lo mismo que antes. Al capitán le pareció que la bala la había agujereado Y, sin embargo, continuaba llamándole. El pavor del capitán subió de punto. Tiritaba como si estuviese aterido de frío, y los dientes le castañeteaban fuertemente. Sacando fuerzas de flaqueza, arrojó la pistola con que había hecho fuego, cogió del cinto la otra, y con cuanto detenimiento le permitió su estado de ánimo, apuntó y disparó. Le pareció notar que la segunda bala había agujereado también la mano Y ésta siguió moviéndose, como si le dijera: ven, ven El más profundó terror so apoderó de él por completo, y perdido el sentido, cayó desplomado en tierra como un cuerpo mticrto. Y muerto le encontraron en efecto al día siguiente, sin que al reconocerlo se hallara en su cuerpo la más insignificante lesión. Cerca de él recogieron del suelo su espada y sus dos pistolas descargadas. La pueita de la iglesia estaba atravesada por dos balazos. Las balas habían atravesado también un papel manuscrito y fijado con obleas á la puerta, en que se anunciaba una novena qtie se estaba verificando por aquellos días en el templo. Despegadas todas las obleas de la parte superior, el papel estaba casi por conrpleto desprendido, y las ráfagas de aire le movían pausadamente. F. MARTÍN AJÍRÚE