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salió de la consulta gratuita con el pobre rapaz de la mano y el corazón lleno de pena. Era preciso mandarle sobre la posta al país, íjunto al tío. ¡Parecía mentira que, tan cliiquitín, se cerniese sobre su cabeza la m u e r t e! ¡Adiós pi- oyectos para el porvenir, soñada regencia un día de la mejor provista tienda de ultramarinos do la corte, y adiós aliorros y adiós retorno por ahora á la querida tierra! Aquella misma noche escribió á su heiToano una larga carta contándole lo que ocurría. Empleó cuatro ó cinco horas. La madrugada le sorprendió estampando la firma: una rúbrica laberíntica de notario, el último jeroglífico de cuatro carillas de frases partidas, mayúsculas extemporáneas y ortografías inverosímiles, que constituían el monumento cuneiforme de más difícil interpretación que liaya dado de sí nunca la paleografía de los siglos prehistóricos. Desde el día siguiente comenzó á buscar alguien que se marchara á la tierra y quisiera a -ompañar al chico. Al cabo logró encontrar ima nodriza que se retiraba de la profesión s y que era natural de una aldea vecina á la del rapazuelo. Ya tenía el chico con quién ir. Pero para irse necesitaba dinero. Y ima noche el pobre aguador, antes de que se recogieran sus compañei os, á la débil luz de una vela de sebo, se descosió el forro de su chaquetón grasiento y sacó de las entretelas el billete do cien pesetas envuelto en su pedazo de periódico. Todo el día de la marcha a n d u v o de compras. Mercó al viajero un terno de paflo l) urdo de mu lio abrigo, una manta, unas alforjas; á la no (h- iza, que no liacía el sendcio gratis aunque no l l e v a r a nada u n pañuelo para la cabeza; y cuando por la noche volvió á su tugurio después de despedir en la estación al tierno chicuelo enfermo, dejando correr por la calle sus lágrimas silenciosas que la sombra envolvía, se sentó sobre el pelado cofre de pellejo, y con los brazos caídos y la muerte en el alma exclamó: ¡Pobre rapacín mío! ¡Allí pendrase bueno, de seguro! Luego reparó en un pedazo de periódico tirado en el suelo. ¡El envoltorio del primer billete! Y llenándose de pronto su memoria de todo el calvario que la consecución del efímero bien significaba, murmuró con infinita amargura, con ia voz arrollada por las lágrimas, pensando que había que volver á empezar á subir la cuesta: ¡Qué trabajo costóme reunirte, y qué pronto quédeme sin ti I ALITONSO P É K E Z DIBUJOS DE MÉNDEZ BRINGA NIEVA vf