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EL PRIMER BILLETE I Cuando el pobre aguadoi salió de la tienda de comestibles palpando el billete de cien pesetas dentro del bolsillo consideró que era suyo, pensó morirse do regocijo. Aquel día el reparto del agua se resintió bastante y anduvo desbarajustado. Casas hubo á las que no llevó la cuba ajustada, y otras r p e se encontraron con dos. Bromeó con algunas porteras, piropeó á todas las criadas, y el alegre carmín de su rostro liizo que no quedara una cocina en la que no incubara la misma opinión; el honrado astur traía en el cuerpo una copita de más. É iba realmente borracho, pero no de vino; de dicha, que embriaga con mayor fuerza. íl humilde aguador no vivía sólo en la corte. Al mes de trotar por esas madrileñas calles, con las orejas convertidas por el írío en un puro sabañón ó chorreando más sudor que agua llevaba en la cuba á pesar del hielo, se le murió la mujer en el país. Cuando supo la noticia, estaba enterrada. Por entonces creyeron descubrir muclias fregonas y algunas amas que el pesado astur tenía los párpados encendidos, como de beber; y era sencillamente de llorar á la que ya dormía en el cementerio do la aldea. Quedábale un hijo, un rapacillo de doce años que se trajo á Madrid, y al que metió en un comercio de ultramarinos para barrer la tienda y hacer recados. No le daban soldada alguna; sólo la comida. Pero la comida constituía un tesoro. Con la sobrante que á él le guardaban en los domicilios de sus parroquianos se mantenía, y así, reducidos sus gastos al alquiler en comandita de una alcoba en loa barrios bajos, onsi uu ii ccoujnn zando algunas pesetillas, que guardaba en secreto bajo u n ladrillo, con la esperanza puesta en el mañana azul en que pudiera marcharse á la tierra. Porque si el viudo había hallado consuelo á su pena, el asturiano seguía soñando con el regreso al vallo. Bajo el grasiento chaquetón y la raída boina latía una nostalgia increíble. Sólo la miseria le retenía en la villa coronada; poro bien colocado su rapaz, con esperanzas de que se quedara de dependiente en la tienda cuando creciese en años y estatura, apenas reuniese cuatro cuartos para comprar una vaca y un pradito se iba, ¡vaya si se iba! Prefería un pedazo de borona á la sombra de los castaños nativos, á u n panecillo blanco en la corte. Por eso aquella tardo, cuando vio en su mano el primer billete conquistado por su resignada paciencia, le dio mil vueltas, le analizó al trasluz, admiró el busto de la figura y los ringorrangos de la orla, temió por un instante que fuera falso, y asesorado en varias tabernas de que era legítimo y bien legítimo, desconfió ya de la antigua arca santa del ladrillo y lo envolvió en un pedazo de papel de periódico, cosiéndose éste al forro de la chaqueta. Y al día siguiente, para celebrar el suceso, fué en l) usca de su rapaz, á quien tocaba salir, y festejaron ambos el domingo dichoso saboreando un cocidito caliente, que daba gloria verle humear, ¡él, -I que sólo comía frío de ordinario! en un figón de la Cava Baja. II El horrible dictamen del médico dejó al infeliz aguador aterrado. Ese niño empezó á trabajar muy pronto; es de naturaleza endeblísima y tiene un principio de tuberculosis. Ya hay u n pulmón casi atrofiado. Sin embargo, su tierna edad puede salvarle. El único remedio es que lo mande usted á su país en seguida á respirar aires puros. De lo contrario, dentro de un año se queda usted sin él. El humilde astur no acabó de entender bien lo de tuberculosis y lo de atrofia; pero las últimas palabras del pronóstico eran bastante claras, no dejaban lugar á dudas aun á su entendimiento limitado y obtuso. El aguador