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El cuadro que presenta en la Casa de la Moneda el departamento destinado á la fundición del oro, resulta sorprendente y tiene algo de fantástico. Cei rado por gruesas puertas y verjas, que dan al taller aspecto de cárcel, se agitan dentro numerosos obreros. Cubren sus manos guantes de tamaño monumental. los discos que han de servir más tarde para la acuñación, y estos redondeles de oro se someten al hlanqueeimiento y otras operaciones complementarias. La sala en donde se hallan instaladas las balanzas auto- t O n r V M M j COSl- KLtS ó DISCOS DU OKO 101 oro liquido, fundido en crisoles refractarios completamente rojos por la acción del fuego, viértese en los rieladores, aparatos destinados á moldear barras de unos sesenta centímetros de longitud, de un ancho que excede en unos dos milímetros al diámetro de la moneda, y de un grueso equivalente á cuatro ó seis monedas superpuestas. Se realizan estos trabajos, á pesar de ser los m á s rudos, con perfecta regularidad. Llevan muestras de cada crisolada al ensaye, operación de indiscutible impoi tancia, que se repite más de una vez para poder fijar la ley del metal. Como quiera que éste no entra completamente puro, sino en combinación, se necesita examinarlo con minuciosidad en distintos momentos para que siempre sea igual. Las aleaciones se hacían antes de oro, plata y cobre. Hoy se prescinde de la plata, y entran sólo como componentes el oro y el cobre. La proporción legal es de 900 milésimas. Las barras de oro, llamadas rieles, pasan al laminado y recocido. Con la elevación de temperatura que experimentan pónese el metal en condiciones de estirarse, conservando siempre su forma rectangular, para lo cual atraviesan por cilindros de acero paralelos entre si. Luego se procede al corte de las barras laminadas en cospeles, que son OBRERO CONDUOIBNDO máticas es, sin duda alguna, el local de la casa que llama más poderosamente nuestra atención. A aquellos aparatos admirables parece ser que el hombre les ha comunicado su vida. Hay en ellos un misterioso mecanismo que asombra. Funcionan con exactitud y precisión tan grandes, se observa en sus movimientos tan razonado impulso, proceden tan lógicamente, que desaparecen ante nuestros ojos los elementos materiales que integran su sencilla estructura, y creemos tener delante un ser que piensa y ejecuta al mismo tiempo las determinaciones de su propia voluntad, siempre justiciera. Era de ver cómo las balanzas por sí solas sometían á rigoroso examen á aquellos circulares pedazos de oro, asjnrantes á moneda. Las calificaciones, dadas con criterio inflexible, no se hacían esperar: buenas, fuertes ó febles. El peso se verifica pieza por pieza, y el resultado es tan matemático, que muchas de las declaradas inútiles podían fácilmente considerarse como buenas si la comprobación se hiciese en una de las balanzas más sensibles del comercio. Hay en la Casa de la Moneda cinco balanzas automáticas para monedas mayores, cuatro para las medianas y tres para las pequeñas. Diariamente pueden aprobar 40.000 monedas de las primeras, 30.000 de las segundas y 20.000 de las últimas. Por regla general, sin que el dato se pueda considerar en absoluto exac CIZALLAS