Patrocinado Por:

Volver

Resultados de la búsqueda

Resultados para
m (s S -v- íí JEliiliMiilillii ÍT íspl i w -i f í IHU! h- t I it- r rrTíf s j -l í Á Mi; ííiíS mn í fef -i í ACTO TEKCERO. -ESCENA I V 5 IGÍTACIO fiSr. Donado Jiménez) -ISIDOKO (Sr. Díaz dii Mendoza) IGNACIO. -Tu madre y yo vivíamos en un pueblecilio, cuidando do nuestra escasa hacienda. Tú eras entonces la alegría de nuestro hogar, y ta madre la m á s cariñosa do las mujeres Un hombre, digo mal, un infame puso los ojos en ella, y por despecho de no haber podido realizar sus propósitos, el miserable la difamó villanamente. El día en que lo supe, sentí que la ira ofuscaba mi razón. ¡iVquella impostura liería mi honra en sus fibras más delicadas! ¡Aquella calunrnia exigía un castigo implacable! ISIDORO. -Sí padre sí ¡Eso merecía! ¡Un castigo implacable, sangriento! IGNACIO. -Salí á la calle ciego de rabia A los pocos pasos tropecé con el calumniador Ko hubo ni reproches, ni insultos. Le pregunté una sola cosa, la única que me interesaba. Tuvo la audacia de contestarme cínicamente, y sin escuchar más me arrojé á su cuello loco de furor, y mis manos crispadas no dejaron de oprimir hasta qae cesó de respirar el cuerpo de aquel miserable. Cuando el frío de la muerte heló su sangre para siempre, experimenté una alegría infinita. ¡La misma que siento ahora al referii te la muerte de aquel malvado! ISIDORO. ¡Oh, sí, también yo siento ese goce! ¡Injuriar á mi m a d r e! La muerte me parece insignificante! ¡Cien vidas que hubiera tenido aquel malvado nro parecerían pocas! IGNACIO. ¡Las cien le hubiese arrancado! No huí, no intenté justificarme tampoco Fui preso, m e juzgaron, me condenaron Sufrí mi sentencia con resignación El conde de Corbellón no me calumnia. Y a lo sabes todo ISIDORO. ¡Padre, padre de mi alma! Perdóname si en algunos momentos he vacilado, si llegué á dudar de ti. Es cierto que diste muerte á un hombre; pero ese hombre era el calumniador do t u honra. ¡Y por eso te arroja de su casa el conde do CorboUón, tan celoso do su honor y del bi illo de sus antepasados, los cuales iban á un duelo por motivos fútiles y mataban ó morían por vanidad! ¡No importa! Tu liijo no puede rechazarte por eso Tu hijo te quiere y te admira ahora más que nunca ¿Que estuviste en presidio por tener dignidad? ¡Muchos no van por no tenerla! IGNACIO. ¡Oh, gracias, gracias! ¡Tus palabras m e indemnizan con creces de todos mis sufrimientos! Pero hago imposible tu felicidad, y siendo inocente te condeno á sufrir el mayor castigo. siDOBO. -No; al contrario Escucha y perdona mi confesión. Hace po os momentos sentía dudas y recelos dentro de mí ¿Habrá sido malo mi padre? me preguntaba. Y esta sola sospecha llenaba mi alma de temores y de incertidumbres. Pero ahora ya estoy tranquilo; más que tranquilo, gozoso. Tu pasado ya no me infunde miedo, sino respeto. Digan lo que quieran tus acusadores, yo estoy orgulloso de ti. ¿Te condenaron los jueces que consienten el duelo? ¿Te despreciaron los hombres que admiran al espadachín afortunado? Pues tu hijo ve en esa condena nuevos motivos para su cariño.