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FRATERNIDAD Después de comer juntos, saboreando exquisitos cif arros, entre sorbo y sorbo de cognac; tendidos con indolencia en u n diván del fumadero, departían en cariñosa intimidad Federico Muroda y Manolo Castrojeriz, socios raediopensionistas del aristocrático S iort- Club, donde ambos pasaban, si no la mejor, la mayor parte do su vida. ¿Qué piensas hacer esta noche? preguntó Manolo á su amigo, sacando el reloj al mismo tiempo. Ya son las nueve y media. Luego dicen que te 1 entretengo, y aunque todo se queda en casa -Es que tu hermana no concibe que nos pasemos aquí horas y horas los dos solos, de charla Oree, por lo menos, cpe jugamos. ¿Por lo menos? -Otras cosas las pensará, pero no se atreve á decirlas. -No. ííi las dice ni las piensa; Emilita es nruy inocente. Vais á casaros, sois novios hace dos años, y la pobre cree que u n novio os una novia. Ya ves, lo único que se le ocurre preguntarme alguna vez es si serlas capaz de tener otra novia, y si yo lo sé. ¡Qué graciosa! ¿Y tú qué contestas? -Nada. Que no se tiene más que una novia. ¡Pobre Emilita! ¡Si vieras, Federico, que aliora m e ha dado por querer á mi hermana! Me cía lástima. ¿Porque se casa conmigo? -Contigo ó con cualquiera. Seria lo mismo. ¿Pero tú crees que yo no quiero á tu hermana? -Si, sí. La quieres, la quieres mucho. Ya ves; yo, que conozco tu vida á fondo, estoy seguro de que la quieres. ¡Y lo que son las cosas! Si ella supiera la mitad de lo que yo sé no se casaría contigo; por eso me da lástima; porque yo tengo razón en creer que la quieres, y ella tendría más aún en no creerlo; y si no, dime: ¿dónde has estado esta tarde? -Oontigo. 1- -Sí. Descuida. No diré nada. -Pues no preguntes. Ya sabes que antes de casarme con tu hermana concluirá todo; pero así de golpe Tú lo sabes- -Ya, ya sé que Enriqueta es un crampón. ¿Y si se empeña en no soltarto ni después de casado? -Me soltaré yo. Pero u n rompimiento no se improvisa. Oierta clase de relaciones escandalizan más cuando terminan que cuando empiezan. -Por eso h e pensado una cosa. ¿Qué? ¿Tú has visto Don Juan Tenorio? -Ya lo creo; hasta en ópera. ¿Te acuerdas cuando D. J u a n suplanta á D. Luis Mejía para quitarle á doña Ana de Pantoja? D. uis pone el grito en el cielo, pero de doña Ana no se sabe que diga esta boca es mía. ¿Te sientes Tenorio? -Si Mejía no se incomoda porque de doña Ana respondo. ¡Quién sabe! -Ko seas vanidoso. Conste que me sacrifico por mi hermana y por ti Fraternidad pura. ¿Qué dices? -Nada. Todo se queda en casa. Chico, las diez. ¿No vienes al Español? Necesito ciue me disculpes. -Estás disculpado. Emilia sabía que comíamos juntos. Tú vas de lunes clásico; yo voy á casa deEnriqueta, que es más clásica todavía. Hasta urañana. é