Patrocinado Por:

Volver

Resultados de la búsqueda

Resultados para
dad, pudieraá ser la gota de agna que haga desbordar el vaso de la indignación europea, á pesar del empeño de los gobiernos en mantener la integridad del imperio otomano, integridad que, por cierto, no consideraba hace un afío Mr. Arthur Balfonr como base de la política exterior de la Gran Bretaña, y que otros eminentes estadistas ingleses no juzgan ya necesario invocar contra Eusia. El otro personaje que en nuestra información aparece entre el rey Jorge y el sultán Abdul- Hamid es una figura muy interesante en este conflicto: el gobernador de Creta, Georgi- bajá Berovitch, el cual, por ser cristiano, mereció desde el primer momento el enojo del populacho turco, y hubo de buscar refugio en el consulado griego para salvarse de las iras del pueblo musulmán y de la soldadesca desenfrenada. Parece deducirse que á espaldas de Berovitch, el comandante de las tropas turcas recibía órdenes directas de Constantinopla. La esposa de Berovitch se refugió en el consulado de Francia, á fin de embarcarse en un buque de guerra. KL P O P U L A C H O TURCO G O L P E A N D O LOS CADÁVBRBS D B SUS EKKMIQOS Esta nueva lucha entablada en Creta por los valientes é intrépidos cristianos, hartos de vejaciones y de ser víctimas de la doblez de los turcos, ha sido motivo para que la atención de todos los pueblos cultos se fije otra vez en ese imperio otomano, donde ana minoría vigorosa y fanática ha logrado imponer su dominación á raza tan ilustre como la helénica y á pueblos tan belicosos como servios y búlgaros, á gente tan perspicaz y hábil como la armenia, á las numerosas agrupaciones que un tiempo formaron Estados fuertes en el Asia Menor ó Anatolia, á las tribus feroces y guerreras del Líbano, y á los árabes que en la Edad Media supieron crear un imperio más vasto que el de Alejandro el Romano y el de Napoleón Bonaparfce. Verdaderamente es preciso que los pueblos cristianos no se crucen de brazos ante la insaciable sed de sangre y de exterminio que aguijonea á los turcos, esa gente que jamás logró brillar en las artes ni en las ciencias; es ya hora de que los gobiernos de las grandes potencias no se ocupen en cubrir con arena los regueros de sangre con que los brutales musulmanes mancharon el suelo de Grecia, el Líbano, Bulgaria, Armenia y Creta, y bueno sería que se pusieran de acuerdo y acabaran por repartirse la herencia del sultán rojo, como Mr. Vandel ha llamado recientemente á AbdulHamid. Tolerar que los hamidiés ó soldados kurdos en Armenia y los albaneses ó bachi- buzuks en Creta incendien, violen, asesinen y arranquen á los niños de los brazos de la moribunda madre para circuncidarlos y convertirlos en fanáticos implacables, es romper la solidaridad humana y declarar impotente á la civilización. Las matanzas de Armenia, que en los tres últimos años hají hecho célebres los nombres de Sasstin, Bitlis, Van, Trebizonda, Erzerun, Marash y tantos otros, y que exceden por lo horrorosas á cuantas la historia recuerda; el afán de las autoridades y de los palaciegos turcos por defender á los asesinos y acusar á los armenios, tan poco levantiscos de suyo y más dados al comercio que á la guerra, y la precisión de evitar que las gentes de raza helénica sufran suerte igual á la de los armenios, imponen á las grandes potencias deberes de humanidad que éstas no pueden rehuir sin afrontar terribles responsabilidades. From The lUustrated London NewS