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ESCENAS ÍNTIMAS Su padre, el marqués de los Tomillares, le había dado por estrena de Año Nuevo un billete de quinientas pesetas guardado delicadamente en una carterita de brocado antiguo, y Pepita no había podido pegar los ojos en toda la noche, revolviendo en su imaginación tiendas enteras de trapos y fruslerías, por los que podría cambiar al otro día aquel preciado papelito, talismán á la moderna del hada de los caprichos. Sedas, gasas y tulest un mar femenil, acariciador, con espumas de encajes, fué su pesadilla aquella noche; cambiantes de colores como en fantástica danza serpentina, abigarrada procesión de mufiequillos y de mil juguetes costosos, porcelanas de Sévres y de Sajonia, búcaros de clarísimo cristal veneciano del célebre Salviati. Más de cien veces se vistió Pepita aquella noche con la imaginación; trajes de baile, trajes de paseo: repasaba cuanto había llamado su atención en amigas ó en figurines de periódicos, y se torturaba por inventar algo nuevo que lo sobrepujara todo, algo personal, algo suyo, como poesía ó como oración, algo que fuera al vestir su cuerpo delicado, como su cuerpo era á su alma, perfume exquisito de una flor invisible, alillas sutiles de una m a r i p o s a impalpable. Porque Pepita era una criatura del Arte, más que de la Naturaleza. El último figurín corporal de un arte decadente. Inspiración prerrafaelista; una virgen de FraAngelico modernizada por Bossetti: pero una virgen de inteligencia maliciosa, con una novela de Bourget por horario. Al levantarse, después de noche tan agitada, corrió presurosa á su gabinete, su lindo camarín, alegre, luminoso, juvenil, de colores tenues. ¿Qué faltaba en él? ¿Con qué nuevo adorno podía fijar un nuevo capricho? Porque en él, con profusa variedad, veíase reflejada una vida de niña caprichosa. Allí los objetos de arte eran juguetes; los juguetes, reliquias. Lo poco útil disfrazábase como lujosa inutilidad. Una máquina de coser parecía un arca preciosa; con mango de plata el plumerito, parecía un regalo de cotillón. En cambio, una cajita de hierro y plata repujados, al descuido y abollada, guardaba hilos y agujas. En la habitación y en el pensamiento de Pepita flotaban, como en el mar, lo más ligero; lo sólido se perdía en el fondo. Por eso no había dormido en toda la noche; por eso parecía muy preocupada aquella mañana. Enrique, herniano mayor de Pepita, Sal, como ella le llamaba en la intimidad: el primogénito de los Tomillares, conde del Encinar por cesión que le hizo su padre al volver de la Universidad de Deusto con su carrera de Leyes terminada, hallábase no menos preocupado que su hermana en aquel momento. Por regalo de Año Nuevo había decidido comprar un caballo para correr liebres. Flash estaba ya viejo y relajado de los ríñones. Los compañeros inseparables de Hal por aquellos días eran Jemmy, el jef de las cuadras del duque de Cerinola; Austín, el jockey de fama universal, contratado para todo el año corriente por el duque, y otras celebridades hípicas que pudieran asesorarle en paso tan decisivo como la compra de un pur sang. Sobre las mesas y las sillas de su caano veíanse abiertos libros y folletos de consulta, franceses é ingleses: Fl caballo y el caballero Historia de los caballos célebres, Fl caballo de caza, Fl arte de comprar un caballo, toda una biblioteca. Jemmy le aconsejaba la compra de un anglo- árabe de magnífica estampa y jarretes de acero; pero el pelo era tordo, tordo rodado, de anillos eslabonados como en piel de pantera, y Hal acariciaba en su imaginación la idea de un alazán tostado, chestnut, y para él no había caballo posible con otro pelo.