Patrocinado Por:

Volver

Resultados de la búsqueda

Resultados para
Difícil es contar el cúmulo de pensamientos que se agolparon á la mente del simpático marino en el breve espacio de tinos segundos. Primero dio orden de detenei la maniobra y de echar nn bote al agua; después leyó y releyó la carta y la tarjeta, destrozándolas con sus dedos, y por último se puso á recorrer la cubierta con pasos rápidos, como fiera enjaulada, sin hacer caso del canónigo, que le seguía diciendo: -Pero Pepe, ¿qué te sucede? ¿Te pones malo? La noticia de que comenzaba á cumplirse su contraorden le volvió á la realidad y le hizo ver que su estado llamaba la atención de loa oficiales y marineros, que le contemplaban con estupor á respetuosa distancia. Castillo vaciló un momento y cayó en brazos de su tío, ocultando su cabeza en los hábitos sacerdotales de éste. Fué un instante nada más, pero en ese instante d e c i d i ó su porvenir. Ir á tierra matar á Clara y á su cómplice eso exigían su ho ñor, su corazón y su deses peración. Detener la salida del buque, que la patria reclamaba con urgencia y para un caso de guerra abandonarlo en aquellos momentos, aunque fuese por causa tan l e g í t i m a como la suya, que ningún hombre de honor condenaría eso lo rechazaban la religión de la mili cía y su amor á la patria, á la patria, que le había estado pagando un sueldo para exigirle su vida y su sangre en aquel preciso momento. De repente se irguió con energía, y pálido, convulFO, con voz de mando, dijo á los que le rodeaban: -Todo el mundo á su puesto. Y luego, cogiendo cariñosamente la mano á su tío, le condujo hasta la es cala, diciendo: -Márchese usted, vamos á zarpar en seguida. Eato que ha visto usted no es nada. Dígale usted á Teresita SantoSa que he recibido su carta, y que un marino no puede desertar por nada frente al enemigo. Adiós. Tal era el estado del comandante, que el canónigo no se atrevió á pedirle explicaciones sobre tan extraño encargo, y lo atribuyó todo á la perturbación que en su espíritu producía la separación de Clara. Cuando el bote que conducía al canónigo se alejaba del crucero, la pálida figura de Castillo apareció sobre la borda y gritó con un acento de ironía terrible: -Tío, BO envidiará usted esta canongía El ruido de la hélice, que comenzaba á levantar raudales de espuma, apagó la voz de Castillo, que permanecía inmóvil, agarrado á los hierros de la borda mientras la distancia se agrandaba entre el bote y el crucero, sin contestar á los repetidos saludos que con el pañuelo le dirigía el sacerdote. EMILIO R I N C H E Z DIBUJOS m MÉNDEZ BRINGA PASTOR