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Castillo recibió la orden en el casino, cuando menos se acordaba de la guerra ni de su buque. Con la sonrisa en los labios recibió las felicitaciones de, algunos compañeros de la Armada que envidiaban su suerte, y abandonó en seguida el círculo para comunicar á Clara la triste nueva y hacer los preparativos del viaje. Q u é disgusto t a n atroz el que iba á dar á su esposa 1 Hubo momentos durante el trayecto en que pensó exponer al ministro las malas condiciones del buque, la imposibilidad de navegar con el Garellano por aguas peligrosas; pero este pensamiento duró poco; los sentimientos del honor y del deber se sobreponían á los de su corazón. Tratándose de la guerra, u n militar no debía hacer observaciones. Cuando llegó á la presencia de Clara, ésta le recibió con el rostro demudado y los ojos llenos de lágrimas. Las malas noticias corren mucho, y la orden de II, r bü h: C. Áí 1 -L: II1I í i- de C; ii- n l i inlc que él mismo. ¿Cómo? ¿Por quién? i i -t: i! i el áii! iiM il O riiariim para Hnii- i- cu ese detalle. E l tiempo urgía; aper. i! i -nia i- i -iiürn r ic rir: i IIMÍI I I i l iiNiforme y disponer los m á s indispenr. l) -i.i c ii; iiiviis. I. ili- íiicliila hit- ii n- ibln, Clara en aquellos breves instanIc- -ulri. ilii- j II ri- uicdi. cH, y i ii i! i i- llos hubo de d arla Castillo, pori ¡iii- f in- ii1i (le partir no adniilia i l; i menor dilación. 11 -1 iiir: lr! isp: if. t li ii r el l iii. r y caminando como u n autómata se lüri io i! iinicllc: ci ili: r 1; ilri iri- i la uiar muy tranquila y el cielo t a n i iic imii i i- i.I d traii l: 11.i trcí ili- la tarde, parecía ya m u y avanzado! i- fpriM- iilii i i iiÍM l! i l i lie lii i i! nra donde atracan los botes había iriiiy plu a pt- rMiMüH. I. a faliii; i li- l riircr la ignoraba casi todo el mundo, y 1 ai- jri! ii parii iilc. li- -li- s iripiilaiifi formando sombrío grupo, miraban A itri: ¡ii, p. iri iivi i- lilMii iii ii 1111 lien 7! ili; m á brotar bocanadas de humo negro para dar un adiós por señas al deudo querido. El canónigo y algunos compañeros de carrera entraron con Castillo en el bote que había de conducirle al crucero. E n éste todo eran actividad y movimiento: se d i s p o n í a la marcha con alegría por parte de todos, y el mismo comandante encontró lenitivo á su dolor en el cumplimiento de su deber, que tantos cuidados le imponía en aquellos instantes. Había dado orden para que de cuando en cuando y h a s t a el momento de zarpar le trajeran noticias de Clara, y á cada minnto subía á cubierta, pretendiendo descubrir en cuantos botes arrancaban del mué lie un mensajero de tristes nuevas. Por fin llegó u n ordep W Vi: I 1 tf- i nanza de infantería de Marina; traía u n recado de la se: i. í í i ñorita y una c a r t a urgente para Castillo, que una mujer le había entregado á la puerta de su casa. Clara había vuelto de su desmayo; estaba relativamente tranquila, y recomendaba á su esposo que lo estuviera también. Castillo se hizo repetir dos ó tres veces el recado, y guardó la carta con indiferencia en el bolsillo. I b a á comenzar la maniobra para levar anclas; los amigos de Castillo, después de darle el último apretón de manos, se fueron acomodando en el bote que debía volverlos á tierra, y sólo había quedado en lo alto de la escala el canónigo sevillano, que repetía á Castillo los cuidados que se proponía prodigar á Clara para atenuar en lo posible su inconsolable pena, Vaya, piensa á ver si se te ocurre algo más, le dijo abrazándole estrechamente. -Nada, nada, contestó Castillo; digo, espérese usted un momento; y acordándose de la carta que le había traído el ordenanza, rompió rápidamente el sobre. Al desdoblar la carta cayó u n a tarjeta al suelo, que Castillo cogió y leyó antes que el pliego. E r a de Clara, y contenía de su p a ñ o y letra estas palabras; XWf Dios nos protege. Pepe se va á Cuba. La carta, de letra de mujer también, decía: La adjunta tarjeta que acabo de interceptar está dirigida á mi marido, y confirma sospechas que hace tiempo abrigaba. Supongo que no se irá usted á Cuba. -Teresa Sanfoña