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LA CANONGÍA Mandaba Castilio el crucero Garellano, barco de guerra de tan malas condiciones, que permanecía perpetuamente anclado en la bahía de Cádiz. E r a el comandante de carácter franco y alegre, gozaba de generales simpatías en la población, y todo el mundo le nombraba Pepe Castillo, anteponiendo siempre el nombre al apellido, lo cual en Andalucía es signo de grandísima popularidad. Se había casado en el mismo Cádiz con Clara Peters, andaluza que llevaba sangre inglesa en sus venas, y cuya gracia, hermosura y genio bullicioso constituían el encanto de las reuniones de la buena sociedad gaditana. Ko hay para qué decir hasta qué punto sería feliz Pepe Castillo; en su hogar no había nubes; se sentía orgulloso con el amor que inspiraba á su esposa; gozaba viéndola brillar en todos los salones, y de tal m a n e ra le rebosaba la felicidad y el bienestar, que cuando venía á visitarle su tío, el canónigo sevillano que le había costeado la carrera, acostumbraba á decirle familiarmente: -1 Luego dicen de los canónigos 1 La canongía es la tuya. Siempre en tierra, buena paga, y la felicidad en casa. Si yo volviera á nacer, sería marino. Estas bromas del canónigo solían entristecer á Pepe Castillo por algunos segundos. Tenía que contestarle que no eran todo dichas, que aquel venturoso estado dependía de la orden de u n ministro, á quien se le podía antojar en? viarle á remotas aguas, y que en último caso su cancngía estaba á merced de una ola demasiado grande. No significaba esto que Castillo temiera los peligros del mar, ni ningáu otro peligro; era ante todo un militar pundonoroso y valiente; había navegado mucho; su ciencia y su serenidad le habían salvado en muchas ocasiones en que los elementos se habían desatado contra los barcos que había mandado, y en el cuerpo general de ¡a Armada tenía una reputación envidiable, que comprobaba con hechos su brillante hoja de servicios. Lo que le hacía entristecer en sus discusiones con el canónigo era el recuerdo de Clara, de la que no se había separado aún desde el día en que contrajo matrimonio. Alguna vez los deberes de su carrera le ha V bían de alejar de ella, y eso es lo que nublaba sus alegrías. Al fin y al cabo él encontraría en el cumplimiento de su deber energías bas tantes para ahogar su pena; pero ella, débil mujer, sin más anhelos ni más obligaciones que el amor de su marido, ella sufriría horriblemente cuando una orden cruel los separase por largo tiempo. La rebelión de Cuba llevó los primeros dejos de tristeza á aquel hogar, donde en la apariencia al menos, todo eran luz y felicidad. Clara preguntaba á cada momento la intervención que la marina de guerra podía tener en esa clase de luchas, y Castillo, fingiendo seguridades que no tenía, tranquilizaba á su esposa con exageradas pinturas del mal estado del Garellano. E r a u n barco de tales condiciones, que seguramente no habría Gobierno tan loco que le mandase emprender una navegación tan larga como la de Cádiz á las Antillas. El tiempo confirmó los argumentos de Castillo, y á los pocos meses ya nadie se acordaba en aquella casa de Cuba n i de la guerra; hasta el canónigo, que había cesado en sus bromas, había vuelto á su muletilla y repetía: -I Luego hablan de nosotros! Para cauongía, el mando de u n crucero. Por desgracia de Castillo hubo un ministro que se acordó del Oardlano, y en u n momento de apuro, sin tener en cuenta las condiciones del barco, por la sencilla razón de no haber otro mejor, se dio por telégrafo la orden de que inmediatamente, y sin perder más tiempo que el indispensable para que funcionaran las calderas, zarpase el crucero con dirección á la isla de Cuba.