Patrocinado Por:

Volver

Resultados de la búsqueda

Resultados para
-Abuelito, rico, ¿por qué lias subido? Si ahora bajaba yó á tu cuarto ¿Oaáudo salgo sin ir á darte u n beso? Y fué cosa de ver el grupo que, abrazados y muy juntos los rostro? formaron aquel viejo con trazas de haber sido arrogante mozo y aquella hermosa mujer de veinte afios, que besándole parecía intentar comunicarle algo de sn propia fuerza y lozanía, h a s t a que de pronto T Luis, acordándose de aquello que le había llevado al cuarto de su nieta, la apartó de sí con suave firmeza, y dando al semblante y á la voz la mayor severidad que pudo, que no fué mucha, le dijo atropelladamente: -Pero ¿qué es esto? ¿Qué ha sucedido? ¿Crees que los hombres son muSecos y que se puede jugar con ellos? ¿Sabes el escándalo que has dado? ¿Te parece bien que á estas horas se esté hablando de nosotros en todo Madrid, sabe Dios cómo, por culpa tuya? -No te enfades conmigo, abuelito- Parece meutiral Con la casa á medio poner, los regalos hechos y romper de ese modo ¿Qué van á pensar las gentes? ¡Trastuela! Vamos ó estás dejada de la mano de Dios- -O tengo razón. -I Qué has de tener I ¿Xe parece que u n muchacho de edad proporcionada á la tuya, de buena famiha, guapo, rico por añadidura y dispuesto á casarse, es cosa que se encuentra cada ocho días? ¿Qué te h a hecho? ¿Quién ha roto, él ó tú? -Hacerme, nada; y romper, he roto j o -Pues ¡te h a s lucido I- -I Qué quieres, abuelito! Estamos tratando á una persona meses, aüos enteros, creemos conocerla, y de pronto resulta que nos hemos equivocado y que no la conocemos. Más vale enterarse á tiempo. ¿Pero ha hecho él algo feo has sabido algo deshonroso? -Poca cosa que para mí significa mucho Ciertas gentes dirán que me he puesto en ridículo; yo estoy segura de que he hecho bien. Pero ven aquí, ven aquí, y no m e riñas hasta que lo sepas todo. Dicho lo cual entre mimos y monadas, pero con mucha seriedad, arrimó una butaca á la chimenea, donde chisporroteaba u n par de leños, hizo que D. Luis se acomodara, y á ratos sentándosele en las rodillas, y á ratos paseando por el cuarto, habló la muchacha de este modo: -Guapo, rico, de buena familia, todo eso es verdad; y además, confieso que le quería. Y, sin embargo, he roto yo por una pequenez, por algo que para muchas mujeres no hubiera significado n i representado nada- -Cuenta, cuenta. -Ya sabes que estábamos en amores hace más de año y medio. La cosa empezó poco después de comprar papá este hotel. Desde las ventanas de este cuarto se ve todo el paseo del Obelisco hasta la entrada de la Castellana. Yo esperaba á Manolo todas las mañanas á las diez detrás de esas vidrieras, y casi siempre con puntualidad de verdadero enamorado á los pocos minutos llegaba él á caballo; le, veía aparecer de pronto por el cruce que forma este paseo con el de la Castellana, luego él avivaba el trote á Lucero, y en u n par de minutos estaba aquí. -Sí que el tal caballo es hermoso: una alhaja. -Venía Lucero con el cuello erguido, la cabeza recogida y sensible al freno, la boca llena de espuma, los movimientos tan aireaos que al bracear casi tocaba con los cascos en la cincha, la cola elevada é inquieta. Parecía que la pobre bestia comprendía que venía á traerme UQ rato de alegría y se apresuraba porque yo lo gozase. E n u n abrir y cerrar de ojos llegaba á la verja. Como á esas horas no pasa nadie por aquí, si no llovía yo me bajaba al jardín y por la verja estaba un rato de charla con Manolo, y siempre le daba al Lucero un bizcocho ó u n par de terrones de azúcar. No puedes figurarte cómo lo conocía, cómo meneaba la cabeza y qué cosas hacía hasta que yo sacaba la mano con la golosina por entre los barrotes de la verja. Claro está que la principal ocupación era hablar con Manolo, oirle tontunas agradables, cosas bonitas, hacer proyectos lo que puedes imaginar, abuelito. Del caballo no m e ocupaba más que un momento; pero, la verdad, le quería, estaba encariñada con él; era quien me traía á Manolo, y m e lo traía como si tuviera alas. Cuando al acostarme pensaba yo en la hora de la cita, deseando que hiciese buen día para poder bajar al jardín, cuando me ponía de pechos en la ventana, lo primero que con la imaginación me fingía era el bracear de Lucero, aquel modo repentino de aparecer por la curva de la Castellana, su rápido trotar hiriendo sonoramente el suelo seco, y luego el pararse agitado, sudoroso, piafando ahí bajo junto á las adelfas y las estragemias del jardín, que era donde yo me ponía- ¿y qué tiene que ver todo esto? ¿Estaba yo verdaderamente enamorada de Manolo? Con la mano puesta sobre el corazón creo que sí. Sobre todo, además de guapo, bien educado, cariñoso y muy caballero, m e parecía bueno, pero bueno á carta cabal, hombre de muy buenos sentimientos. ¿Entonces? -Pronto acabo. Hace diez ó doce días, una mañana, Manolo vino en otro caballo. Naturalmente, me sorprendió la novedad. ¿Y Lucero? le pregunté. -Está malo. ¿Qué tiene? -No sé qué cosa en una mano. ¡Pobre animal I- -Ya se curará. -No hablamos más. E n los días siguientes pregunté por el caballo, y me chocó que esquivase las respuestas. Por fin, la semana pasada dio la casualidad de venir su criado á traerme una carta, y como sabe que siempre le doy alguna propineja, quiso verme. Acordándome del caballo, le pregunté; ¿Cómo está Lucero? -El muchacho puso una cara muy particular, entre triste y estúpida, y contestó: -Ese n o vuelve á comer pienso. ¿Se ha muerto? -Sí, señora Y s i n o fuera más que morirse- Pobre animall, dije. ¿Pues qué h a sucedido? -Entonces el criado, como quien t e m e haber hablado de más, se obstinó en callar. Tuve que sacarle las palabras á fuerza de astucia. H a s t a que no le prometí n o decir nada á Manolo no me quiso referir lo que había pasado. Para abreviar: m e contó que al caballo se le h a b í a n formado en una mano unas cosas, no sé si serán relajaciones ó tumores, que llaman cuartos, agrieteándosele el casco hasta manarle sangre. Y aquí entra lo gordo, lo salvaje. A Manolo le dijo el veterinario que aquello no tenía remedio, que el caballo quedaría, si no enteramente inútil, m u y defectuoso, y Manolo, en vez de dejarlo que se