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iiomo en sus épocas más brillantes, dirigió invitaciones á todos sus amigos, é hizo lucir todas sus galas para recibir á su nueva nieta. Todo el Madrid elegante acudió á la cita; la condesa, sentada en un sillón, adornado el busto con sus mejores joyas y cubierta con riquísimos encajes, recibía á sus invitados, que le nombraba por lo bajo su sobrina la condesa de Nava del Tajo, y consagraba á cada uno de ellos una frase amable. Cuando la recién casada duquesa de Huesear apareció en los salones radiante de juventud y de hermosura, vestida con un rico traje de color de oro viejo bordado con rubíes y adornada con el clavel de brillantes que como regalo de boda la había enviado la emperatriz Eugenia, parecía que renacían para el antiguo palacio los días felices de la duquesa de Alba y de la condesa de Teba. Aquel baile fué el canto del cisne de aquella espléndida morada; no pasaron dos años sin que su ilustre dueña recibiese un nuevo y terrible golpe que la había de herir morfcalmente, á pesar de la fortaleza de su espíritu y del temple de su alma. Fué este golpe la muerte de su nieto el príncipe Luis Eugenio, aquel heredero del trono imperial que nació en el palacio de las TuUerías el 16 de Marzo de 1856 saludado por las salvas de los cañones, el repique de las campanas y los cantos de los poetas, y que murió obscuramente en una asechanza tendida por los zuliis el l.o de BN CASA D E LA MOKTIJO Junio de 1879. Aquella desgracia, que tan cruelmente hería el corazón de su amada hija la emperatriz Eugenia y que cerraba el porvenir á la esperanza, fué el golpe de muerte para la condesa del Montijo, que á los cinco meses de haberle recibido, el 2 del triste mes de los Difuntos del mismo año en que murió su nieto, exhaló el último suspiro en su palacio de la plaza del Ángel. Una vez más llegaron los blasonados carruajes de la aristocracia española delante de aquella morada, pero fué para acompañar al cementerio el cadáver de su ilustre dueña. Cuando el féretro que la encerraba bajó al panteón de los condes del Montijo, se enterró allí toda una época, simbolizada por la que tan importante papel había desempeñado en la sociedad de su tiempo. KASABAL DIBUJOS DE MÉNDEZ BEINGA