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Para ir alH las noches de gran fiesta se ponían sus mejores aderezos las señora casadas, y eran espléndidas las alhajas que lucían la duquesa de Fernán Núfiez la de Sanlúcar la Mayor, la de Medina de las Torres, la de San Carlos, la de Tamamea, la de Femandina; la señora de Osma, hoy marquesa de la Puente y Sotomajor, llamaba siempre la atención por la esplendidez de sus chatones de brillantes unas veces, de sus esmeraldas ó de sus perlas otras. Las citadas, la princesa Pío de Saboya, las marquesas de Escala, Portugalete, Santa Cruz y Arenales; las condesas de Escherazy, Castilla, Quinto, Velle, Fonrrubia y la Cámara, animaban aquellos salones. La condesa de Campo Alange, que reunía allí en torno suyo animado grupo de hombres políticos que comentaban sus frases ingeniosas, y la de Hrrcili: siii ñola, lucían su arrogante figura y los rasgos de su proverbial bondad. Entre las recién presentadas al mundo figuraban Luisa Campo Aimiiro, ln marquesa de Pacheco después de haberlo sido de La Granja, y sus primai un J cha y Mercedes Alcázar, hoy marquesas de la Laguna y de la CoquilJ. i, inf ili: in entonces con su madre la duquesa de la Roca, una santa y virtuosa m- ñura muy poco aficionada al mundo, pero que le frecuentaba para cumplir deberes de su posición acompañando á sus hijas. En aquellos bailes se presentó una noche una mujer hermosísima, de figura arrogante y singular belleza, que se ataviaba ricamente, pero de un modo, divorciado por completo de la moda; llevaba el pelo cortado y rizado en menudos buclécitos, en cada uno de los cuales lucía los tornasolados reflejos de su plumaje un precioso colibrí. -Es una extranjera, dijeron, brasileña, casada con un banquero riquísimo, Buchentail. Yo estaba muy cerca de ella cuando un diplomático extranjero, que la conocía de haberla tratado en Londres, la felicitaba por la originalidad de su tocado. -Lo agradezco mucho, dijo ella riendo, porque este tocado es mi divisa: Cabeza á pájaros. Pobre María I continuó mi amable interlocutora. Luego la traté mucho, y si era cierto que alguna vez se la podía aplicar su fantástica divisa, no lo es menos que siempre se encontraba en ella un noble corazón y un alma hermosa y delicada. En el cementerio de Santa María descansa en un sepulcro que hizo labrar para ella Castro y Serrano, que fué uno de sus amigos más fieles y su testamentario. El día de Todos Santos, cuando fui á ver á mis muertos, pasé junto á aquel sepulcro, que no tenía ni una luz, ni una flor, y comparé aquella triste soledad con los días de esplendor de aqueMAKÍi BÜCHJIIÍTALI lla mujer hermosa, que hizo en Madrid una verdadera corte. Guardó silencio la venerable dama de cuya conversación había sacado tan interesantes noticias, y á poco tiempo me despedí de ella, llevándome los datos que me han servido para las anteriores líneas. L La Revolución de Septiembre causó uña gran pena á la condesa del Montijo, pues aunque tenía muchos amigos entre los que triunfaban, profesaba un sincero afecto y guardaba acrisolada lealtad á la reina doña Isabel II, que siempre la había tratado como una amiga. No cerró sus salones, y poniendo en práctica sus principios conciliadores, procuró unir á vencedores y vencidos, sin que sus buenos propósitos dieran resultado. No paso mucho tiempo sin que la revolución de España llevara á Francia, y sobre todo al Imperio, tristísimas consecuencias. La candidatura del príncipe Hohenzrflem para el trono de San Fernando, que se hallaba vacante, fué pretexto para la guerra que estalló entre Francia y Prusia, y que derribó con estrépito aquel trono que parecía tan firme, y en el cual había brillado, gozando de cuantos esplendores pueden sonreír a u n a mujer y á una reina, la hermosa condesa de Teba. Guardó la condesa del Montijo el duelo por aquella caída, y le guardó aún más cuando exhaló su último suspiro en el destierro su yerno Napoleón III, Entonces se retiró á su quinta de Carabanchel, y no recibió más que al círculo de su exclusiva intimidad. Pero no podía la condesa del Montijo vivir mucho tiempo alejada dé la sociedad en medio de la cual había vivido siempre, y cuando pasó el tiempo de los lutos, sin quitárselos todavía y aumentadas sus penas con la falta de vista, que la reducía á una ceguera que ella procuró siempre disimular, volvió á su palacio de Madrid y abrió sus salones, si no para grandes fiestas, para animadas tertulias, y se engolfó en el movimiento alforisino que animaba entonces á los principales salones de la corte, en los que se iba preparando la obra de la Restauración. El último baile grande que se dio en el famoso palacio de la plaza del Ángel por su noble dueña fué aquél con que ee celebraron Jas bodas de su nieto el duque de Alba, que el 10 de Diciembre de 1877 llevó al altar á la condesa de Siruela, doña María del Rosario Falcó y Osorio, hija mayor délos duques de Fernan- Núfiez. No quiso la ilustre abuela del novio dejar pasar en silencio aquel acontecimiento tan fausto para ella y que unía á dos de las principales familias de la aristocracia española, y recordando sus buenos tiempos, adornó su palacio