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bodas de Napoleón III y de la condesa de Teba, y la madre de la nueva emperatriz, después de haber asistido á las ceremonias y fiestas del casamiento, regresó á Madrid, instalándose en su palacio de la plaza del Ángel. La lectura de las crónicas de los tiempos pasados es siempre interesante, pero e s mucho más la conversación con los testigos ó actores de sucesos dignos de recordación, y no hay nada que emocione tanto como escuchar los relatos de las personas mayores. Pocos van quedando ya de aquella ilustre generación á que perteneció la condesa del Montijo; pero todavía hay algunas venerables damas, retiradas por completo del mundo, que recuerdan con delicia los tiempos en que, jóvenes y hermosas, brillaron en los salones de la plaza del Ángel, donde hoy está establecido el Círculo Militar. A una de éstas debo el relato, que procuraré reproducir lo más fielmente posible, de un baile en casa de la aondesa del Montijo. ¡La casa de la Montijo! me decía quitándose las gafas con que leía el Tratado de la Tribulación del P. Rivadeneyra cuando tuvo la bondad de recibirme. No puede usted figurarse lo que esto significaba en el Madrid de mis buenos tiempos. Ir á casa, de la Montijo era para unos un signo de distinción, para otros una satisfacción inmensa, para todos la seguridad de pasar horas agradabilísimas en buena compañía. ¿Y era muy exigente para las presentaciones la condesa? -Le diré á usted; ella tenía dos caracteres; como viuda de un grande de España de antigua raza, como camarera mayor que había sido de S. M. la Reina, y madre de dos hijas tan bien colocadas como la emperatriz y la duquesa de Alba, era una genuina representación de la vieja aristocracia, cuyos individuos se complacían en tratarla con asiduidad y afecto. Pero reunía á éste otro carácter: era presidenta de la Junta de Beneficencia, cargo que la ponía en contacto con muchas señoras distinguidas de la clase media, á las que no dejaba de invitar á sus grarides bailes; había sostenido muchos litigios para desenmarañar la herencia de sus. hijas, y ésto la había puesto en relaciones con el personal de la magistratura; trataba con afecto á los políticos de diferentes partidos, lo cual la aseguraba cierta influencia, de la que sabía disponer muy bien; sentía predilección marcadísima por los literatos y los artistas; era por carácter y por, conveniencia tolerante, y esto hacía que no hubiese, sobre todo en los bailes grandes, una exquisita selección, y que alguna de sus amigas dijese con desdén que aquello parecía el Prado con techo; pero es la verdad que ninguna dejaba de ir, que se pasaba muy bien, y que bajo el punto de vista social, la condesa realizó la misión de unir el ayer que desaparecía con el hoy que alboreaba, el recuerdo con la esperanza. -Vamos, que era el suyo un salón eminentemente constitucional. -Exactamente; el salón del régimen que se implantaba entonces en España: un salón con su Senado y su Congreso, pero sobre todo con una porción de mujeres bonitas y de hombres de talento, que aquello era un encanto. ¿Y daba muchos bailes al año? -Allí se recibía á diario, pero más en grande los domingos, en que se abrían todos los salones y se permitía bailar; pero con el carácter de bailes grandes sólo daba dos al el del 29 de Enero, cumpleaños de la duquesa de Alba doña Francisca de Sala, y 3I 15 de Noviembre, día de San Eugenio, santo de la Emperatriz. Después de la muerte de la duquesa, que sucumbió prematurarúente víctima de una cruel enfermedad que sólo padecen las señoras y que causa terribles sufrimientos, quedó como fecha de baile grande el 15 de Noviembre, y con este baile se inauguraba la vida de invierno de la sociedad de Madrid. Las muchachas de la aristocracia que acababan de salir del colegio ó del convento (entonces no estaba extendida la costumbre de educar á las niñas en casa con la institutriz) y recién puestas de largo hacían allí su presentación al mundo, y la mayor parte de las mamas y aun de las abuelas de las niñas de hoy, hemos bailado nuestro primer vals en aquellos inolvidables salones de la plaza del Ángel, donde, según me ha dicho mi nieta, discuten hoy, envueltos en el humo de sus cigarros, los socios del Círculo Militar. ¿Usted se acuerda bien de aquellos bailes? S i cierro los ojos, parece que los veo con todos sus detalles. La condesa recibía en el saloncito de los retratos, llamado así porque le decoraban cuatro de cuerpo entero representando á Napoleón III y á la emperatriz Eugenia, al duque de Alba y á la duquesa su esposa. La condesa, que era de una gran estatura, DUQUESA DIS A L B A tenía un aspecto majestuoso y elegante; vestía con mucha riqueza, por regla general trajes que la mandaba de París su hija, y se adornaba con espléndidas joyas, y conservó, aun después de quedarse ciega, rasgos de una gran belleza. Después de saludar á la condesa había que rendir igual acatamiento á la duquesa de Alba. No puede usted formarse idea de una mujer más elegante y más distinguida que aquella señora; no era posible fijarse en su cara ni en detalle ninguno, porque seducía desde el primer momento aquel conjunto admirable, aquella distinción exquisita, aquella elegancia tan graciosa. La última vez que la vi llevaba una diadema de oro liso de forma romana, regalo de su hermana que la adoraba, y estaba encantadora, aunque ya se notaban en ella las señales de la terrible enfermedad que debía conducirla al sepulcro. Después de los saludos, ya se estaba en libertad para discurrir por los f alones, para bailar, para enterarse de todo.