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po, reuniendo en torno suyo á Ips personalidades más notables, y fusionando, si así puede decirse, á la aristocracia antigua con la que á la caída del absolutismo se abrió paso hasta las más altas esferas por su talento, fué la condesa viuda del Montijo. Doña María Manuela Enriqueta Kircpatrick de Glosburn y Grenique era de origen escocés, y vino á España con su padre el baronet Mr. Villians Kircpa trick, cónsul de Inglaterra en Málaga. En la hermosa ciudad andaluza la conoció el conde del Montijo, D. Cipriano de Guzmán Portocarrero y Palafox, y prendado de su singular belleza, que con ser muy grande no l.o era tanto como su ingenio, la dio su mano y su nombre, al que ella dio gran brillo, haciendo que quede en los anales de la sociedad contemporánea como uno de los más ilustres. El conde del Montijo murió el año 1839, dejando á B viuda con dos ñiflas herederas de sus títulos U y Estados, y éstos comprometidos en algunos litir gios que exigían una dirección acertada é inteli gente para salir á feliz término. Dama de grandes alientos y de un talento nada vulgar, la condesa viuda no desmayó un solo momento, y abandonando á A. ndalucía, donde hasta y y entonces había vivido, vino á establecerse en Madrid con sus dos hijas, no sólo para cuidar en el centro de los negocios de sus intereses, sino para procurar en la capital de la monarquía, residencia de grandes y de personajes, la colocación de aquellas prendas adoradas de su alma, á las que CONDESA D B L MOITTIJO había consagrado todos sus anhelos. Instalóse al principio modestamente en una casa de la calle del Sordo, y pasó luego á ocupar mansión más digna de su rango en el palacio que había sido de los condes de Áriza, situado en la plaza del Ángel. La fortuna la fcé desde luego propicia, pues á poco de estar en Madrid casó á la mayor de sus hijas, que tenía catorce afios á la muerte de su padre y que no había cumplido apenas los veinte, con el XV duque de Alba de Tormes, D. Jacobo Luis Fitz James Stuart, que era indudablemente uno de los mejores partidos de la corte. Ocupó la nueva duquesa con su esposo el suntuoso palacio de Liria, y quedaron en el de Ariza la condesa y su hija segunda, la hermosa Eugenia de Guzmán, condesa de Teba, un año y cinco meses más joven que su hermana, y comenzaron les grandes fiestas que han hecho célebre aquella morada, y que sólo se interrumpían por los frecuentes viajes que madre é hija hacían al extranjero, ya para acudir á las invitaciones que recibían de Inglaterra, ya para pasar temporadas en París, donde contaban con numerosos amigos. De los amores de la hermosa joven granadina con el príncipe Luis Napoleón Bonaparte, presidente de la República francesa primero y emperador de los franceses después, se han formado varias leyendas desprovistas todas de fundamento, pues no hay nada más natural y sencillo que estas relaciones. El príncipe conoció á la condesa de Teba en un salón aristocrático de Loridres cuando él vivía todavía en el destierro, y quedó prendado dé la belleza y del talento de aquella joven verdaderamente seductora; cuando sus destinos le llamaron á Francia, la vio muchas veces en París y comenzó á obsequiarla. Al regresar una vez de la capital de Francia, lució en uno de los bailes dados por su madre para celebrar el cumpleaños de su hermana un magnífico brazalete, que admiraron eus amigas. -Hs un regalo que me ha hecho el príncipe presidente, las dijo. Y desde entonces se comenzó á hablar de que había relaciones entre ellos, y fueron más frecuentes los viajes de la madre y de la hija á París. Cuando el príncipe Luis Bonaparte se coronó emperador, después del golpe de Estado del 2 de Diciembre, con el nombre de Napoleón III, hubo que pensar en casarse 7 para asegurar la sucesión al reconstruido trono de X Napoleón I, y como la alianza con princesas de sangre real no eran muy fáciles, y el nuevo emperador, algo supersticioso, no olvidaba lo funesto que fué para su imperial tío el enlace con la archiduquesa María Luisa, ofreció su mano á la dama española que reinaba desde hacía tiempo en su corazón, que era por su alcurnia digna de un enlace ilustre y por su hermosura y su talento merecedora de brillar en un trono. CONDESA D TEBA K Euero de 1853 se celebraron en París las