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CRÓNICAS RETROSPECTIVAS Salones de Madrid. -Últimos tiempos de Fernando VIL Primeros del remado de doña Isabel II. -La condesa del Montijo y su salón. -Los bailes de la Montljo. Duelos. -El último baile. -Muerte de la condesa. Cuando se oye hablar á los señores mayores de la sociedad que frecuentaron en sus verdes años, parece que exageran, acomodándose á la melancólica frase de Jorge Manrique que dice que cualquier tiempo pasado fué mejor. Y, sin embargo, hay que rendirse á la evidencia, comparando lo que las crónicas y los pocos testigos presenciales que van quedando de otras épocas nos cuentan, con lo que ahora sucede. Pocas temporadas en lo que va de siglo ha estado Madrid más desanimado, en lo que á la vida de sociedad se refiere, que al presente, y aunque hay causas gravísimas que justifican esta desanimación, no es menos de lamentar por lo que sigiiifica con relación al dinero, al estado de los ánimos y á la pérdida de las esperanzas. Aun en aquellos calamitosos tiempos del reinado de Fernando VII en que imperaba la más brutal tiranía, y el carácter austero de la reina doña Josefa Amalia, tercera esposa del arbitrario monarca, se imponía á la corte, condenando las diversiones y esparcimientos, hubo un centro en que se respiraba más libremente y en que se miraba con alegría á un porvenir más lisonjero; el salón de la condesa duquesa de Benavente. Los Frías, los Santa Cruz, los Alba, los Oñate, los Veragua, los Alcafiices, Miraflores, Viilafranca y otros motejados de liberales, que era el delito mayor en aquel tiempo, se encerraban en sus palacios para no volver á correr los riesgos de la emigración, de la que habían vuelto hacía poco tiempo; los que desempeñaban cargos en la corte se acomodaban á los gustos severos de la soberana y no asistían más que á funciones religiosas; sólo la condesa duquesa de Benavente, que por su sexo, sus años y su posición no tenía nada que temer de los que mandaban, abría de par en par su palacio de la Cuesta de la Vega para recibir á las gentes y conservar los hábitos de sociedad y de cultura, que se iban perdiendo en las sacristías y en las juntas de cofrades que abundaban entonces. La reina doña María Cristina, la hermosa princesa napolitana que sucedió en el tálamo de Fernando VII á la austera princesa sajona, que murió en olor de santidad sin haber dejado más huellas de su paso por el mundo que las sillas y colgaduras que bordó para los palacios de los Eeales Sitios, inauguró en Madrid y en España un nuevo período; el de las sociedades y el de los liceos, el del predominio del arte y de las expansiones dé la libertad. Sus rosados dedos abrieron, como los de la aurora las puertas del día, las de la patria á los emigra, do 8 políticos; salieron, por su influjo, de su retraimiento las elevadas clases sociales, cantaron los poetas, se abrieron los salones, volvió á lucir sus encantos la belleza y sus timbres el ingenio, y ya desde esta época hasta la presente, el cuadro que ofrece la sociedad de Madrid es animadísimo, con muy cortos eclipses, pues aun durante la desastrosa guerra civil de los siete años no cesó el impulso que habían recibido las artes, las letras y las buenas prácticas sociales. Los cinco años transcurridos desde 1835 á 1840 serán eternamente gloriosos en los anales literarios de España, porque son los de la aurora espléndida del romanticismo, en que brillan La Conjuración de Yeneda de Martínez de la Rosa, el Don Alvaro del duque de Eivas, El Trovador de LA R E I K A DOÑA M A R Í A CRISTINA García Gutiérrez, i o s Amantes de Teruel de Hartzenbusch, y en que aparece al borde de la tumba del malogrado Larra la romántica figura de José Zorrilla, el gran poeta español de esta época. Fué también la época gloriosa de la fundación del Ateneo, del Liceo en los salones de Villahermosa, y de aquel gran desarrollo intelectual que Mesonero Romanos ha dejado admirablemente descrito en las preciosas páginas de sus interesantísimas Memorias de un setentón. Los salones madrileños no se animaron hasta algunos años después, en los que siguieron al matrimonio de la reina doña Isabel II con su primo el infante T Francisco de Asís, duque de Cádiz. Había entonces dos cortes en Madrid: la de la joven soberana, que daba brillantes fiestas en el Real Palacio, y la de su madre la reina doña María Cristina, que instalada con su segundo esposo el duque de Riánsares en una suntuosa mansión situada frente al Senado, y que se extendía por la calle de las Rejas, abría sus salones á las damas más linajudas y á los hombres más notables que había por entonces en la capital de España. Pero la dama que encarnó el movimiento de sociedad en Madrid, la que dirigió el salón más importante de su tiem-