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Viniendo á la historia- -continuó el Padre reponiéndose de una involuntaria emoción, -diré á ustedes que Román, acérrimo defensor de una causa política siempre vencida, guerrillero varias veces, se había visto en trances apuradísimos, y en la última guerra civil, encontrándose rodeado de enemigos, herido y perdiendo sangre, debió la vida á un indomable veterano, el general Andueta, que con riesgo de la suya le acorrió. Cuidóle después en la ambulancia, le escogió para ayudante, y tratada la paz le proporcionó medios de que viviese en Madrid con algún decoro. Betirado hacía años Andueta con su familia en una aldea de los Pirineos, enfermo y acribillado de mal cerradas cicatrices, Román casi no sabía de él, pero conservaba el culto de su recuerdo, y á veces me daba una misita de á duro por la salud y la dicha del general Andueta, marqués de la Real Confianza Entro en estos pormenores para que vean ustedes si tenía chispa de incrédulo Román. ¡De incrédulo I Tanto como de ingrato Las misas las ayudaba él en persona. Indiferente por naturaleza al lucro, I apurado siempre de dinero, vivía Román en una modesta casa de huéspedes de la calle de Atocha, con las incomodidades y estrecheces propias de tales aloja mientes. Era el verano, tiempo en que I Madrid se despuebla, y sólo tres huéspedes albergaba la posada: un húrgales venido á despertar cierto expediente, Román, que era fijo, y una señorita como de diecinueve afíos, silenciosa, triste, vestida pobremente, d riguroso luto. El humor franco y coniunicativo de Román no bastaba para animar la mesa redonda; pero á pocos días marchóse el húrgales, y quedaron solos Román y la sefiorita, comiendo y almorzando juntos. No sería Román el que era, no tendría al criterio que tenía, si no juzgase ridículo verse mano á mano con una mujer joven y agraciada sin ponerla, como suele decirse, los puntos. No sentía por ella pasión, ni aun el capricho tenaz que la remeda; no le quitaba el suefip por ningún estilo la enlutada á Román; pero la encontraba allí, y era suficiente. Informóse de la pupilera, y averiguó que la señorita se llamaba María Mestre; que era huérfana; que venía muy recomendada de unas monjas de Pamplona á buscar colocación en alguna casa rica, para cuidar de los niños ó acompañar señoritas; que se dudaba que la encontrase, ni aun á la entrada del invierno, porque para tales oficios sólo gustan las extranjeras, las gringas; y que doña Micaela, la susodicha patrona, le aconsejaba que bajase los humos y entrase de doncella, único medio de saldar la cuenta del hospedaje, que iba engrosando. Semejantes noticias, lejos de purificar la intención de Román respecto á la pobre muchacha, la inflamaron con el torpe incentivo de la fácil ocasión. No formó ningún plan, sino que se dejó llevar de la corriente, y la estrategia se la dictaron los acontecimientos. Empezó prodigando á María mil atenciones en la mesa, y la muchacha comenzó á deponer su reserva y mutismo. Estas cosas se enredan como los gajos de cereza; de dar gracias y decir sí y no se pasa á dialogar, de dialogar á platicar, de aquí á ¡a sobremesa larga y á celebrar ocurrencias y chistes, luego al contento de estar juntos, á aceptar un paseíto á la hora én que refresaa en la jardinera- tranvía, más tarde una taza de chocolate ó un vaso de horchata de chufas, después la excursión de noche á pie hacia las arboledas de la Florida ó del Depósito de Aguas Finalmente, llegó Román á requerirla de amores y ella á dejarse requerir, pues la afición ya tenía raíces en el pensamiento. Suprimo- -advirtió con dignidad él sacerdote os detalles de ésta que bien puede llamarse seducción, porque ni debo puntualizarlos, ni hay quien no los adiviné. Aunque María, inexperta y abandonada, quiso defenderse, no lo hizo con la resolución necesaria, y hubo un día en que Román la combatió de tal suerte, que pudo dar por hecho que aquella misma noche conseguiría eu vergonzoso triunfo. Quedaron citados, y Román, agitado é intranquilo sin saber por qué, se echó á la caite, para entretener las horas que faltaban. Hacía un calor bochornoso; el celaje madrileño estaba color de plomo y púrpura, como el del célebre boceto de Goya, y la tempestad amagaba con rápidas exhalaciones, que por momentos rasgaban con luz sulfúrea las nubes. Román iba al azar, callejeando, distraído y absorto, sin reflexionar en que, cuando dentro de la lógica del pecado debía hallarse gozoso, en realidad sentía una especie de angustia. La costumbre lé trajo á las puertas de la iglesia donde yo celebraba entonces y donde muchas veces me había servido de acólito. Vio que entraba gentío y entró también, por instinto ó pensando tal vez que un acto de devoción atenuaba la gravedad del delito ya inminente La iglesia estaba iluminada por cientos de cirios; el altar mayor adornado con floras; revestidas de colgaduras de damasco encarnado las paredes; era el último día de una solemne novena, y había manifiesto, gozos, reserva y plática. ¿Predicaba usted? -exclamamos interrumpiendo al Padre Baltar. -Creo que sí- -contestó algo cortado; -pero no me atribuyan ustedes mérito ninguno, porque cuando Román entró en la iglesia el sermón había concluido é iban á reservar. ¡El único predicador que da en mitad del corazón es Cristo! Román fijó la mirada en el Sagrario, y al reflejo de los cirios, conservando tal vez en la pupila el color de las nubes ó el tono de las cortinas, vio que la Sagrada Forma no era blanca, sino roja, de un rojo intenso, rojo de sangre! Espan-