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páíapeio qtie cerra a la carretera, qtté á menos de un kilómetro se habían atrincnerado los otros durante la noche como primer paso para un asalto posible por aquella parte, la única débil de Cabezuela. Durante el día y bajo un sol abrasador de Julio se reforzó él parapeto y se cerró la salida, no sin protesta de Rábido, que decía que le quitaban vista. Tres días después, también de noche, un segundo balazo rompió el quinqué de la tienda. iTuvo que oir aquél hombre! iiO que habíamos previsto todos sucedió al fin al amanecer del 14 de Junio, y fué que los otros- se echaron sobre Cabezuela por tres puntos á la vez, entre ellos el parapeto de la carretera. Se distribuyó el regimiento, y caímos cincuenta hombres con el teniente Reepaldiza hacia aquel lado. ¡No! Si nos hubiesen jurado que habíamos de ver lo que vimos, no lo hubiéramos creído. El Rábido y el chico del Bábido estaban sobre el parapeto, disparando el primero, cargando el segundo. Tenía Rábido apoplético y colorado el semblante, saltones los ojos, inaÍMGgotable el repertorio de desvergüenzas, que soltaba hacia afuera entre disparo y disparo con heroica gallardía. ¡Sinvergüenzas! ipuml ¡Granujas! ¡pum! ¡Canallas! ¡pum! Y algo más que no puede decirse limpiamente. No sé cómo no le dieron á aquel demonio de hombre, de pie sobre el parapeto y al descubierto, tan achaparrado, sucio y poco estético, y tan grande, sin embargo, en aquel apuradísimo trance. Lo echó al fin de allí el te niente Respaldiza, y se metió en la tienda á curar heridos, con una delicadeza de que nadie hubiera creído capaz á hombre tan áspero y montaraz. Al llegar la noche estábamos seguros ya dentro de Cabezuela, y el coronel, que había sabido puntualmente de la temeridad de Rábido, entró en la tienda y le alargó la mano, que el heroico bestia tomó con la suya sin limpiarla antes del tocino que cortaba, un poco confuso por aquel honor que no se explicaba bien haber merecido. Porque él, según nos dijo luego con gran sencillez, no había hecho aquéllo con otro fin que ver si conseguía echar abajo el parapeto que le quitaba la vista. Cuando en Agosto, ya levantado el bloqueo, salirños para incorporarnos á la segunda brigada, dejamos á Rábido en la tienda, dormido al sol, más sucio que nunca y negro de moscas, que llenaban el chiscón infecto de un rumor parecido á la vibración sostenida del bordón de una guitarra. DIBUJOS DE E S T E V A N FBDEEIOO URREOHA HISTORIA M U D A POK MECACHIS