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CUENTOS DEL VIVAC S JL B I r) O Cuando las necesidades del aprovisionamiento menudo del regipiiento nos llevaron á la tienda qne tenía Rábido cerca de la carretera y á la salida de Cabezuela conforme se iba á la capital, nos explicamos aquel extraño mote. Era el tal el hombre de más endiablado genio que habían conocido nunca los asistentes del regimiento, y después de conocido no se explicaba nadie que aquel dependiente menudo y flaco que todos conocíamos por el apodo un poco lareo de chico del Rábido, hubiese podido estar á su lado más de un día. Era Eábido achaparrado y regordete, muy vivo de ojos y de manos y extraordinariamente sucio, á tal punto, que los millares de moscas que llenaban su tasca se iban del tocino á él cuando le cogían dormido, como si en su rostro lúcido y apoplético encontrasen más nutritivo y sabroso alimento. Parecía imposible que Kábido fuera capaz de acciones más ilus, tres y meritorias que aquellas labores de cortar bacalao y medir aceite, y lo fué, sin embargo, como para demostrar que la ocasión hace al hombre, aunque éste sea tan desgarbado y poco heroico como á todos nos pareció Eábido cuando tuvo el gusto de entablar relaciones comerciales con él regimiento. Anduvimos por los primeros días de Agosto muy apretados; tan apretados, que no pudo enviarse desdé Cabezuela al cuartel general razón alguna del regicniento. Pero aunque estaban cerrados todos los caminos, no faltaban provisiones en Cabezuela, pues sólo en el prado del convento de Eeparadoras pastaban más de doscientas cabezas de ganado. Rábido había tenido por su parte buen cuidado de surtirse de cuantas menudencias podían hacer falta; pero si el bloqueo se prolongaba, podría llegarse para el regimiento al caso de abrir una salida de cualquier modo, ó someter á todo Cabezuela á tasa de ración. De noche, cuando las moscas lo permitían, se hablaba de esto en la tienda de Rábido, el cual apenas prestaba atención á lo que allí se decía. Pero una noche, á punto de cerrar la tienda, se echó por lo obscuro de la carretera un grupo de los otros; el humoso quinqué de petróleo de la tienda era un blanco apetitoso, y sobre él tiraron, dejando la tienda á obscuras. En poco estuvo que el propio Eábido, que andaba cerca, no acabase en aquel punto. Cerró la puerta el irascible Rábido, subió al ventanuco del piso alto, y desde allí vomitó sobre la can- etera todo su vasto repertorio de desvergüenzas, sin que fos otros hicieran caso. Pero al día siguiente se pudo ver por encima del aw