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En la Plaza Mayor, el otro día un charlatán demente así decía ante una multitud abigarrada que escQcliaba el discurso embelesadla: -SeBores y señoras: Me permito llamarles la atención sobre lo escrito en este libro, asombro le roortales. cuyo precio es no más de ¡cuatro reales! En él verá la gente que sin fijarme en que la vida es corta, no lie querido ocuparme del presente, sino del porvenir, que es lo que importa. Conozco como pocos esa ciencia ilamada astrología, y gracias á la clara inteligencia que Dios me dio para fortuna mía, deduzco claramente y fundado en razón muy poderosa que, aunque triste y amargo es el presente el porvenir es de color de rosa. Aquí, en este librito, todo, señores, lo tenéis escrito; y el saber lo que dice este profeta os cuesta solamente una peseta. Digo aquí que en el aflo venidero, según mi profecía, habrá mucha salud, mucho dinero, mucha paz y muchísima alegría. Después de tíiutos meses de pelea, descansará en su aldea el infeliz soldado, lleí ando su licencia en el canuto. Nadie se acordará de le pasado, y el labrador honrado recogerá de la cosecha el fruto. aquí estará como en ninguna parte, pues músicos, pintores y poetas, se ganarán muchísimas pesetas. Los políticos todos de consuno formarán un partido, ¡sólo uno! y así no hal) rá esas riñas de partidos, propias, más que de hombres, de mujeres, y viviremos twios muy unidos, cada cual dedicado á sus quehaceres. Tan sólo en esto nuestra dicha estriba, y eso se logrará sin gran trabajo; y así el de abajo apoyará al de arriba, y asi el de arriba ayudará al de abajo. Esta es mi profecía, y yo la fundo sólo en una razón, que no me eugaüa: en que no hay otro pueblo en todo el mundo q ie valga tanto como vale España Siguió altivo el profeta declamando. se fueron alejando, diciendo en son de burla; ¡Pobre loco! Llegó en esto nn agente, y al escuchar las voces del demente se le acercó, diciéndole: -Amiguito, ¿qué hace usted? -Pues vender este librito, donde constan mis santas profecías. -Bueno; déjese usted de tonterías. ¿Tonterías las llamas? ¡Inocente! Mereces ser lo que eres: ¡un ageutel- -Bueno, bueno; silencio. Se ha acabado, y no me venga usted con cuchufletas, que ya le dirá á usted el delegado donde debe meterse á los profetas. Y sentado más tarde en el banquillo de la Delegación, con gran cordura decía el pobrecillo: -Dicen que yo estoy loco; ¡qué locura! ¡No lo estoy, no, sefior; no hay nada de eso! Por hablar bien de España, aquí estoy preso. ¿Desean que hable mal? ¡Pues que me atenl ¡No hablo mal de mi patria aunque me matenl Soy un buen español, ¡siempre lo he sido! y diga lo que quiera el Delegado, el que habla mal del pueblo en que ha nacido podrá Ber cuerdo, pero ao es honrado.