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criatura? ¿Estarán ahora pidiendo los Santos Sacramentos para algún moribundo? ¡Dios mío, Dios mi ol La lumbre de la chimenea se apaga. No quiero tristezas; pensemos en las mariposas. (Suena una campanada. ¡Ah, las doce y media! Es el año nuevo, que pregunta ¿se puede pasar? ¡Adelante, rapaz, adelante! Bien venido, si traes muchas rosas y muchas alegrías. Yo, ¡triste de mí! no cabe dudarlo, yo debo tener una cana. ¡La primera! ¡Bien hacía el poeta de la Granja no queriendo llamar hebras de oro á mis cabellos! El bimetalismo se me impone; el tresillo me amenaza. ¡Adiós, valses deliciosos, música robada al viento de primaveral Ahora dirán alegremente loa generales y los magistrados al verme entrar en un salón: ¡Aquí viene la condesa! y entre un coro de toses asmáticas me sentaré delante de una mesa y me pisarán los triunfos. ¡No, no, mil veces no! Pensemos en las mariposas. Las mariposas deben ser j j t siempre jóvenes; vuelan de aquí para allá ¡Si yo me atreviese á buscar esa cana traidora! Parece que la vida no pesa más sobre ellas que el sutil polvillo dorado de sus alas. Yo desearía tener una mariposa blanca para ¡Jesús, qué idea! para teñirle las alas de rubio y regalársela después al poeta de la Granja. ¡Infeliz animalito! (Hablo de la mariposa, no del poeta. Eso sería una horrible crueldad. Y después de todo, ¡Dios mío! ¿para qué entretenerme en teñir de rubio mariposas blancas? ¡Hartas blancuras tendré que dorar dentro de poco en mi pobre cabezal De pensarlo se me saltan las lágrimas. Bien empieza el año para mí. ¡He debido nacer en el Viaducto I (Llora. Bueno, tampoco es cosa de estropearme los ojos por una cosa problemática. (Enjugándose el llanto. Es que esta noche estoy no sé cómo. Parece que se me va á acabar el mundo Sin duda lo solemne del día y esta soledad Debería hablar con alguien, distraerme. ¡Ah! ¿un libro? No, un libro no. Los libros son los amigos de los hombres. ¿El espejo? Sí, el espejo; ese es el amigo de las mujeres. Una mujer que tiene un espejo delante no está sola. Si Dios hubiese creado primero á Eva, Adán no habría tenido que molestarse en nacer. Eva y su espejo se hubieran bastado como una creación completa. ¡Hurra por el espejo! Aquí hay uno de mano lindísimo. (Lo coge. Y conste que no lo cojo para buscarme la cana. (Mirándose. Estoy linda, muy linda; pocas mujeres tan hermosas encontrará ese año pequefiito que va dentro de un instante á nacer. Como no he llorado mucho, mis ojos parece que brillan más; Dios puso un poco de rocío junto á la luz de la mañana, y su Divina Majestad bien sabe lo que se hace. ¿Por qué he hablado de arrugas? La piel de mi ros-