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MONOLOGO DE AÑO NUEVO -y. (Gabinete de mujer elegante. Una chimenea encendida. La condesa de Tres Estrellas, más joven que su partida de bautismo, sentada en un silloncito coquetón y mirando alfwgo. Es de noche; la última noche de un año. La condesa. -La llama de ese tronco pare ce que busca algo, i Qué empeño en subir y subir, ignorando sin duda que mientras más crez- ca, más pronto ha de c o n s u m i r s e el tronco que la mantiene! Si yo no aborreciese á los poetas en la persona de aquél que me presentaron en la Granja, y que no quiso llamar hebras de oro á mis cabellos so pretexto de no sé qué tintura; si no loa aborreciese, repito, pensaría que esa llama es imagen del deseo: sube y sube á expensas del corazón, que cuanto más alza sus llamas más pronto se consume. (Suenan las doce. Las doce ya I Un año que termina, otro que empieza. Ahora deberían nacer todas las mariposas con un ala en el año que acaba y otra en el que principia. Sigo realmente odiando á los poetas; pero una mariposa que apoyase sus dos tenuísimas alas en el pasado y en el porvenir, ésta en el año que se va y aquélla en el que viene, i se parecería tanto á nuestra vida! (Pausa. Oh rabia I ¡Poetizar frente á una chimenea I ¿Se me estarán formando arrugas prematuras? ¡Dios mío I ¿tendré alguna cana entre los rubios cabellos que el poeta de la Granja no quiso llamar hebras de oro temiendo ser víctima de un engaño? El, que llamaba naturaleza espléndida y salvaje á los jardines de recortado boj con sendas enarenadas, ¡decir que yo me tifio el pelol (Bajando la voz. Y sí que me lo tifio, pero sin que se note. (Vuelven á sonar las doce en otro reloj. Las doce otra vezl Este afio tiene una agonía lenta. PobreciUo! Es como todos loa viejos; les gusta mucho repetir sus frases. Las doce, las doce Esas graves y lentas campanadas parecen doce frailes que van al coro. Después sonará como una interrogación el golpe indeciso de las doce y media, y luego, repentina y juvenil, como gritando ¡aquí estoy! la campanada alegre y vibrante del afio nuevo. (Con amargura. Yo tengo una cana; la adivino, la siento; jamás se me han ocurrido estas cosas. No quiero pensarlas, quiero recordar la corbata verde de mi modisto ó el traje de baño de mi tía la marquesa. No quiero poesías, no quiero canas, i Señor de las alturas, no permitas que empiece el año poetizando I Tengo mucho miedo al tresillo con música, al tresillo mientras los demás bailan. Odio la poesía y la vejez, y sin embargo, ¡he aquí un año m. ás! Hasta los veinticinco, son los años como las cintas y los dijes de un cotillón: se reciben con gusto, se lucen descaradamente, y se baila y se ríe llevándolos encima. Desde los veinticinco en adelante ya no está nadie para cotillones. (Pausa larga. Ea, basta de imaginar tristezas! Mi hidalga tía, exuberante en sus proporciones, tiene un traje de baño de franela blanca. ¡Parece que lo estoy viendo! Todos los años lo luce en Biarritz; mi tía, ¿cómo lo diría yo? da de sí; la franela encoge. Mirando un inglés cierto día á la excelente señora vestida con su temeraria costume, dijo: Ahora comprendo por qué llaman á esta playa la playa de los locos. Bueno; pues sucedió (Cambiando de tono. ¿Pero qué es ese aullido tan medroso que suena por la chimenea? Ea el silbido prolongado y tristón de un tren que va á partir. El viento, con objeto de asustarme, lo trae claro y distinto desde la estación lejana. Un tren que sale cuando empieza el afio I ¿Llegará á su remoto destino, ó descarrilará sin haber arribado á la primera estación? ¿Habrá nacido en este instante alguna