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El día 1.0 salió el batallón á ocupar esta hacienda en los estribos de las lomas; teníamos que andar uoas tres leguas y atravesar el río Palmar por un vado que hay frente al Chucho. A legua y media del pueblo, las partidas de Delgado nos obligaron á desplegar y dar algunas cargas con las guerrillas montadas. La refriega duró tres horas, y cuando pudimos seguir la marcha llevábamos en los carros del convoy unos 30 heridos (dos de ellos oficiales) y cuatro cadáveres. Anochecía ya cuando avistamos las aguas del Palmar; pasó el vado la vanguardia sin novedad, y cuando el convoy penetraba en el río, de la espesura de enfrente brotó un fuego imponente; las yuntas de tres ó cuatro carros cayeron heridas, y todo el convoy quedó atascado. Desde una loma que estaba á nuestra derecha, á la otra orilla del río, tiraban los desalmados contra el convoy, en que iban los heridos; no sé si lo sabían, pero aquello daba frío, y el capitán dispuso que mi sección atravesase el río, desbordando la loma para ocuparla. Así lo hicimos, con poco fuego y á la carrera. Cuando regresábamos hacia la columna, que ya estaba en marcha, Juan Antufia echó de menos á un soldado jovencilio recién incorporado á la compañía, y previo mi permiso volvió con dos números en busca del extraviado. Pocos minutos después oímos algunos disparos en la loma; corrimos hacia ella y nos encontramos á los cuatro compañeros íV ¡i í T i T r -7 57 iI: il í W k i -í C il A W a i3 casi deshechos á machetazos; siete insurrectos, heridos de bala ó bayoneta, yacían exánimes y mezclados con los nuestros. El desdichado sargento aún respiraba, y tuvo tiempo para entregarme la carta que es adjunta, y que había escrito la noche anterior. Se me olvidaba decirle que al volver á buscar al sargento me pegaron los mambises un balazo en un muslo; pero no se alarme usted, ues no es cosa de cuidado; tanto, que ni calentura tengo, y el doctor me permite comer de lo que hay; y como me hacen dormir casi á techado, estoy hecho un príncipe s i: Y aquí se me olvidó pedir á los eximios artistas de BLANCO Y NEGEO una sencilla viñeta: en un camposanto, improvisado entre los bejucos y la yerba guinea, una losa toscamente labrada; sobre ella una cruz de madera; en la losa esta inscripción: Juan soldado, el primero entre los mejores. Muerto, no necesita más mausoleos, ni otro panegírico. Vivo, merecería que todos fuéramos dignos de él. JENAEO ALAS DIBUJOS m ARIJA, MAETlNEZ ABADES Y Ü N C B T A