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jL l S vegas que cortaba el camino carretero. Dos días, ea que aquel enjuto segoviano vio caer sobre su cuerpo aterido y bit- n dibujado por el delgado y maltrecho rayadillo más agua que cae en su pueblo sobre una fanega de tierra en veinte años. No le busquéis entre los que ayudan á los carreteros guajiros á sacar los carros del atolladero, expuestos á perder pie en cualquier hondonada convertida ahora en pozo profundo. Tampoco está entre los enfermos que postró la fiebre, y que tendidos en lo alto de los carros Dios sabe qué infierno llevarán en la cabeza, de ardores, de fríos, de bamboleos, de náuseas, de vértigo dolorosísimo. Nuestro segoviano está hacia aquellas nubéculas blancas que se advierten al fin de la laguna, á espaldas del convoy. Calentura, ¡vaya si la tiene! pero un cabo no puede darse por vencido así como quiera; y cuando el capitán, que tiene buen ojo, necesita alguien de confianza, no se escurre el bulto ayudando á los carreteros lejos del fuego. Por eso nuestro héroe está mandando ocho hombres en la línea que contiene á los mambises, que aprietan como condenados, desde las cejas de monte, tan pronto como el convoy se ve en un mal paso. De aquellas otras nubes que envuelven la cresta frondosa de las colinas, sale entre descarga y descarga una furiosa algarabía: -Vengan acá, patonee; vengan, que aquí etán loo cabayeroo cubanoo. Vengan, que va haber machete duro. hos patones callan y tiran cuando ven algo á qué tirar, ó creen verlo. De cuando en cuando, en la línea española pe oye un quejido ahogado, y un soldado vuelve, andando con dificultad, hacia el convoy. Al cabo llega un oficial y anuncia que los carros han salido á firme, y el teniente, que manda la retaguardia, ordena que se cale la bayoneta; una última descarga, y á la carrera loma arriba. Media hora después la sección pasa el pantano, llevando en las camillas cuatro ó cinco heridos graves; los leves, los que sólo tienen un machetazo en la cabeza ó un brazo atravesado por buena parte, siguen á pie como si tal cosa. Aún andarán cuatro horas, dormirán al raso y volverán á caminar al día siguiente; eso sí, lloviendo incesantemente sobre sus cuerpos, y parando dos ó tres veces por jornada para tener á raya á los mambises. Pero mientras el cuerpo pueda tenerse en pie, y un poco más todavía, el alma dice: Adelante, esto es la guerra; siempre ha sido así, y siempre seguirá siendo No le expliquéis á Juan segoviano que esa guerra no son capaces de soportarla más que soldados españoles. Dejadle su sublime ignorancia, que es su fuerza y su consuelo. Campamento del Chucho, 3 de Septiembre de 1896. Querido padre: Adjunta es una carta dirigida á Pedro Antufia, en Fuenterrobles, término de Santa Mana de Nieva; es la última que á su pobre padre escribió el sargento Antuña, de quien he hablado á usted en mis anteriores, y que murió heroicamente hace dos días en el combate del Palmar. Mucho desearía que usted en persona fuese el portador de la carta para que con la triste nueva llegase algún consuelo á aquel infeliz hogar. Juan Antufia era un verdadero soldado español y todos los oficiales le queríamos entrañablemente, y más que todos yo que le conocí qumto, hace un año justo. Para que usted pueda satisfacer el natural deseo de esos infelices (y su propia curiosidad) le doy los siguientes detalles del suceso.