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I el director de BLANCO Y NEGEO me hubiera pedido un puñado de dilirambos en honor de cuantos más ó menos han participado y participan en la guerra de Cuba, mi firma no aparecería en este Almanaque. Me ha pediílo nada más que elogios para el soldado español, y á eso acudo con toda convicción, único camino por donde puedo llegar al entusiasmo. Para el soldado, sí, aplausos sin tasa; pero no para el gobierno, que ha equivocado desde un principio la acción diplomática, la política y la militar; no para los caudillos, que se han mostrado muy inferiores á las esperanzas de la nación; no para los partidos políticos, que por miedo á una impopularidad, que ya plenamente disfrutan, han seguido, contra su conciencia, la marcha ruinosa del gobierno y sus corifeos; no para los capitalistas, que se han apresurado á cambiar valores cada día en baja por otros que creen más garantizados, de más pronto reembolso y más productivos. Ni siquiera me permite la conciencia aplaudir sin reservas á esta nación que, cuando llega el caso, no cuenta sus hijos ni su dinero para el sacrificio; pues sospecho que el caso de ahora no es caso de no contar, sino al contrario, de echar muchas cuentas y de exigirlas. El linico aplauso que encuentra eco en mi conciencia, el único que ella puede devolver sin mezcla de reproche, es el que se me ha pedido; pero el que yo podría tributar parecíame tan mezquino, tan indigno del asTinto, que creí necesario un auxilio poderoso, el auxilio de la inspiraci 5 n artística de que carezco yo, pobre polemista, que buscando siempre la lazón y abogando por ella, sólo sé sentir y callar cuando doy con la belleza ó con la sublimidad. Por eso las líneas que voy á trazar serán nada más que un comentario bien sentido y mal expresado de los cuatro dibujos en que artistas de brío como Arija, Martínez Abades y Unceta rinden valioso homenaje á la abnegación sin rival del soldado español. ¿Dónde es el embarque? No lo sé; en Barcelona, en Valencia, en Cádiz, en Oorufia, en Gijón, en Santander, en cualquier parte. Eo todas quedan en la orilla madres desoladas que parten los corazones con sus lamentos, y padres pensativos, con los ojos turbios, mirando para adentro, donde buscan la contestación del Destino; aquellos pedazos de su cuerpo, aquellos trozos de sí mismo, que habían de continuar su existencia sobre la tierra indefinidamente, ¿volverán? Muy amargas son las lágrimas, pero son mucho más amargos ciertos pensamientos, y los de un padre, que ve en perdición á su hijo, tienen la quinta esencia de la amargura. También lloran los hermanos, los abuelos y lloran las novias; pero éstas esperan más que temen; json tan jóvenes, hay tantos hombres en el mundo, y tiene el amor tantos encantos! Dejemos la orilla, y allí, en las lanchas, que vuelan hacia el gigantesco trasatlántico, dejemos también á los que con un esfuerzo sobrehumano rasguean la guitarra; á los que, ya aturdidos, lanzan gritos entusiastas y belicosos; á los que se despiden una y otra última vez de los que quedan en tierra, seres queridos. Busquemos á nuestro hombre; está sentado en la borda de la lancha que ennegrece con su sombra la popa del vapor; uno moreno, enjuto, ensimismado. Es de Segovia, de Santa María de Nieva, la patria necesaria del paño pardo. ¿Cuba? ¿Qué será Cuba? ¿Cuánta agua como aquella tan movible, tan salada, habrá hasta allá? ¿Habrá allí árboles, sembrados, yuntas de muías? Lo que hay, eso lo sabe, son negros; negros feroces que se lanzan al machete contra los españoles. Bahl Eso no le importa; allí está su bayoneta. ¿Pero quién llevó á Cuba esos negros, enemigos de los blancos? Porque en tierra de cristianos no nacen negros, y alguien los llevó. ¿Y por qué hay guerra? En su pueblo oyó hablar de indianos, hombres que vuelven de la