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-Pero tenéis unos pies hernaosísimos. -Con todo, necesitaría separarlos de mi pedestal. -Ya comprendo: entonces ayudadme en esas horas veinticuatro) que tarda un juguete en pasar de laa musas al teatro Poned vuestra tiermosura eñ el rostro de las tiples; haced que Horas y Ninfas canten en el coro; dadme vuestro ceñidor para ceñirme al asunto de la obra, y hasta ¡dadme el asunto mismo! -No llevo suelto. -Ya sé que todos vuestros asuntos son enredados, pero- -No te canses; los dioses del Olimpo ya no podemos ni dar asuntos, ni salir á las tablas. Los bufos han muerto. -Tenéis razón. Eenuncio generosamente á vuestra mano, quiero decir, á vuestro muñón, para salir á recibir los honores del proscenio. -Acepto tu renuncia, y sigue preguntando. ¿Qué opináis de los yankéea? -Venus no opina nada. Si yo fuera Circe! -No comprendo. ¿Ignoras que Circe tenía el poder de atraer con SVTS encantos á los navegantes y que después los convertía en cerdos? -i Caramba 1 Entonces ya sé dónde está Circe. ¿En dónde? -En las costas de Cuba, á la mira de expediciones filibusteras. -De todos modos, creo que no es muy delicado hablar de esos seres (con perdón) delante de Venus, de Venus de Milo, quinta esencia de lo sublime en el arte. ¿No te parece? -Me parece que os ponéis los moños perfectamente, sin necesidad de que las Horas os ayuden en el peinado. Y hablemos de arte, de vuestro arte precisamente. -Bueno, pues aniioipándome á tus preguntas, puedo asegurarte que el año 1897 será buen año de estatuas. -Ya supongo quiénes serán los favorecidos. Algún diplomático eminente, algün ilustre guerrero y algún hacendista inmortal, glorioso triunvirato que acierte á resolver el complejo problema militar, económico y cancilleresco- -I Que te calles 1- -Entonces las estatuas serán, indudablemente, para Quevedo, para Velázquez, para el Gran Capitán. ¡Quita de ahí! ¿Qué hicieron todos esos por su patria? ¿fueron diputados en las elecciones generales? ¿presidieron ningún comité de barrio? ¿habían hojeado siquiera la ley Electoral? Al escuchar tan estupendo anacronismo, todos los yesos del Museo de Reproducciones dieron muestras de su indignación y de su espanto. El Moisés de Miguel Ángel se mesó las barbas con furia; el discóbolo se dejó caer el disco sobre un pie; á Sileno se le fué Baco de entre las manos; Sófocles se cubrió, como Julio César, su toga; Laocoonte y sus hijos se retorcieron con desesperación, ahogados por el nudo de las serpientes. Y el cronista se echó á la calle diciendo: ¡Lagarto! ¡Lagarto!