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-Es cierto, pero de esos mundos necesitáis bien pocos. Los vestidos nunca fueron para V e n u s gran impedimenta. -Bueno; mas en resumen, ¿qué deeeas de mi? -Distingamos; lo que yo personalmente desearía de vos no es para dicho delante de estas estatuas de bien; lo que por mi mediación desea saber la opinión pública es vuestro programa de gobierno, vuestros planes, propósitos y medidas salvadoras de que tanto necesita este mundo picaro. Á h! vamos. ¿Tú representas á la opinión pública? ¿Tú quieres conocer mi programa de gobierno? Entendido. ¡Ejeml jEjeml- -I Adiós mi dinero! ¿Venus constipada? -No; Venus gubernamental. Escucha. -Soy todo lápiz. -Te aseguro que jamás h e solicitado, ni deseado, ni aun pensado siquiera en la alta honra que acaba de serme conferida; la gobernación del mundo en estos críticos instantes nada tiene de seductora, de apetitosa ni de agradable, pero sabré sacrificar mi propia conveniencia en aras del bien de los Estados; sé las obligaciones que en este trance tiene u n hombre público, y no me asustan, por consiguiente, las que pesan sobre una mujer que se encuentra en las mismas circunstancias. ¡Ole la mujer y las circunstancias! Pero decidme, ¡oh Venus 1 ¿estamos en el Olimpo, ó en el comité liberal del distrito de la Latina, es decir, de vos, que os expresáis como una Beatriz Galindo contemporánea? -Ni en u n sitio ni en otro; estamos en el Museo de Keproducciones. Calla y copia. -Callo y copio. No puede negarte que vuestro gobierno va á ser la Dictadura. -En efecto; te dictaré mis respuestas, ya que yo, como ves, tengo que exclamar como la joven de vuestro poeta; ¡Quién pudiera escribir I- Lástima gramde! E s verdad; 0 s hacen falta brazos! -Por hacerme falta es por lo que un visitante me preguntaba el otro día si era yo la estatua de Venus ó la estatua de la Agricultura. -Empecemos, si os place. ¿Tenéis ya planteado en líneas generales vuestro programa? -En líneas generales y hasta en ferrocarriles de vía estrecha tengo el p: ograma definido, comp eto, y no sólo terminado, sino gaceiable, como decía Orense. -Pero ¿cómo? ¿También conocisteis al marqués de Albaida? -Venus conoce á todo el mundo de joven. -Comencemos por el principio. ¿Qué opinión tenéis de la Hacienda española? -Te aseguro formalmente que en este año tendréis que apuntalar las arcas del Tesoro como ea tiempos de P e i n a n d o VI. ¿Y quién h a r á el milagro? ¿Quién? Mi cabellera de CTO. ¿NO has leído á Hesiodo? ¿No m e conoces por Homero? ¿No has oído mentar á ningún vate mis cabellos áureos? -Bien decía yo que la salvación de la Hacienda tenía que ser cosa traída por los cabellos. ¿Y á ti que te importa? El hecho es que viviréis felices, contentos, desahogados, en una balsa- -Dejadme acabar; en una balsa de aceite de bellotas. -No os quejaréis de mi los españoles. Empiezo por sacrificaros mi cabellera. -Gracias, Venus, mil gracias. Corro con la noticia á Navarro Reveiter. ¿Tan impaciente está? -No sólo está impaciente, sino que está calvo. ¿Y quién es Navarro Reverter? -El ministro del ramo nada menos. -Entonces luego irás, le llevarás mi calellera y me traerás el ramo. ¿No te parece? -De perlas. Y vamos á otro asunto. ¿Qué opináis de miesli- as gue-