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o. Con un poco de mitología y otro poco de fantasía y otro poco de tiempo por delante, ¿quién no escribe u n artículo sereno, razonado y maduro acerca de la posible influencia de Ve nua en el año de gracia de 1897? Porque ya sabrá el lector que Ven u s la despreocupada esposa del pobre Vulcano, es la que rige nuestros destinos en el año presente, con arre glo á la inmutable ley de sucesión al trono de los años, ley misteriosa de la cual sólo sé dei ir que no es la ley Sálica, puesto que, como se ve, no admite privilegio ni preferencia enlre ambos sexos. jLa influencia de V e n u s! Apenas si podrían decirse cosas sólo con hojear las Metamorfosis de Ovidio, sólo abriendo, con mazo y escoplo, el último torao (T- Z, no confundirlo con los Apéndices) del orondo y aplastante Larrousse, ó en último término yendo á consultar con el propio lucero del alba, que no es otro sino la estrella Venus, nuestra madrugadora vecina en este feliz y poético sistema planetario que disfrutamos hace ya algunos días. Pero ¿quién va á ser el inocente que se meta ahora en naitologías, en diccionarios, ni siquiera en literaturas? Somos ó n o somos periodistas. Y si lo somos ¡adiós, ya hablo en plural, como en los buenos tiempos del Larrousse y de los símiles mitológicos) y si lo soy debo reconocer que el repórter h a vencido al literato, que ésto (la hoja telegráfica) h a matado á aquéllo (el diccionario Enciclopédico) que una noticia cogida al vuelo tiene más valor que u n artículo de buena pluma, que una entrevista de actualidad vale más que todos los Diálogos de Platón. ¿Entrevista dije? Pues ahí quería venir á parar. A que si yo conseguía de los propios labios de Venus u n programa de BUS propósitos para el afio actual, mi noticia, aun enjaretada en dos plumazos, seria más interesante que todas mis fantasías y poéticas consideraciones alrededor de la atrevida amante del dios de la guerra. No diré yo en qué sitio m e encontré con Venus; es decir, sí que lo diré, para que nadie crea que fué en mal lugar, pero prescindo de anteriores pasos y averiguaciones y me coloco frente á frente de la Venus de Milo en la sala grande del Museo de Reproducciones. -Bueno, seor guapo, me dirá el lector; y ahora, ¿cómo la hace usted hablar? ¿no ve que es de yeso? -Mas ¿no ve usted que es mujer? respondo á mi debido tiempo al lector. E n último término apelaré al recurso de Miguel Ángel, diciéndola imperiosamente ¡Parla! mientras la doy un martillazo, y aunque el procedimiento n o es muy galante, tratándose de una señora, ni muy seguro tratándose de un yeso, ello es que por mi martillazo no h a de quedar, con tal de que los celadores lo permitan. No hubo necesidad de dar el golpe. Saiudé á la estatua y me contestó; la expuse mi pretensión y se dispuso gustosa á satisfacerla; saqué lápiz y papel ¿Qué dice el lector? ¿Que no puede hablar la Venus de Milo? No sea usted exigente. Esa Venus es manca, no puedo ocultarlo. Mas ¿por eso h a de ser t a m b i é n m i i d a? No seamos tan injustos con la belleza, ni demos razón al vate cuando dijo: I Ay, infeliz de la que nace hermosa I Ello es que la Venus de Milo habló. ¿Por qué medios? Quizá porque en las serenas regiones del arte, el arte de birlibirloque se cuela también con h a r t a frecuencia. -Ya sabréis, señora, empecé por decirle á Venus, que la suerte os h a favorecido con el nombramiento de presidenta para el año de 1897. ¿Y eres t ú el poeta premiado? -Señora, ¡por Dios I digo ¡por diosa I, reparad en que no son unos juegos florales los que vais á presidir, sino el m u n d o entero y verdadero. ¿Cómo os vais á arreglar con el mundo? ¿Y qué es u n mundo para Venus, cuando cualquiera belleza de provincias lleva tras de sí diez ó doce mundos para veranear quince días en San Sebastián?