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-Pues yo me comprometo á curar á usted, dijo Octavio con resolución, después de haber examinado nuevamente los ojos del ciego. Volvió á sonreír el mendigo con incredulidad, y los amigos de Octavio miraron á éste con sorna mientras se tocaban con los pies y los codos, como aquél que dice: Querrá ese tonto saber más que los mejores oculistas del mundo 1 Octavio, aparentando gran indignación por los recelos y la moral hostilidad de su auditorio, dijo con voz bastante alta para que todos le oyesen: -Señores; afirmo seriamente que me comprometo á curar á este hombre, y empeño en ello mi palabra de honor y mi reputación científica. Quedaron asombrados los amigos, en tanto que el ciego, temblando de gozo y oprimiendo convulsivamente las manos de Octavio, le decía: -Si usted consiguiera lo que dice, yo declararía ante todo el mundo que usted es el mejor oculista de Europa. -Pues á ello me comprometo, é invito á todos estos señores á la operación, así como á un banquete al que asistiremos luego para celebrar el buen resultado de la misma. Muy satisfecho quedó el médico de la manera con que el ciego había representado su convenido papel, y es quo llegó á conmoverse de veras al escuchar la solemne promesa que hizo Octavio de devolverle la luz á sus ojos. Presenciaron los amigos de éste la operación, que fué muy acertada y brillante, y después vendaron al ciego los ojos mientras que se cicatrizaban las heridas. Acudieron todos también el día solemne en que al ciego le quitaron la venda, y allí puüeron admirar las exclamiciones de júbilo y los trasportes de alegría del meadigo, que al recobrar su vista parecíale que volvía de nuevo á la existencia. lieeibió Octavio calurosas felicitaciones; sus compañeros, reprimiendo su envidia, le elogiaron; sus amigos dábanle estrechísimos abrazos; el mendigo le oprimía las manos, cubriéndoselas de lágrimas y besos; los periódicos refirieron con grandes pormenores aquella operación que redundaba en honor de ¡a ciencia patria, y las trompetas de la fama hicieron resonar por todos los ámbitos de la ciudad sus ecos enalteciendo el nombre de Octavio. Celebróse al fin el banquete, el cual presidió el mendigo, viéndose agasajado como nunca jamás pensó que pudiera estarlo. Acompañó después al médico hasta las puertas de su casa, donde éste le dijo: -Ahora, amigo mío, á trabajar, á vivir, y buena suerte, que yo me parece que ya he hecho por usted cuanto he podido. Cuando vieron en la casa, en cuya bohardilla por caridad dormía el ciego, que éste ya no lo era, dijéronle que paga- xy se la vivienda ó que se la buscara en otra parte; y cuando recurría á los parroquianos de sus limosnas, solían también excusarse diciéndole que ya estaba en disposición de ganar lo que ellos acostumbraban a uane y él á pedirles; como tampoco hallase, por ser viejo, quien le diese trabajo, llegó á pasarlos tan grandes como nunca jamás pudo sufrirlos, y se hacían éstos más Intolerables para él desde que supo, con los regalos que gozó durante su estancia en casa del médico y con las delicias del banquete, que había en el mundo placeres gastronómicos, gustos y comodidades que regostan el cuerpo y lo disponen para recibir muy á contrapelo las incomodidades y penurias de la vida mendicante; por todo lo cual, el viejo, desesperado, fué á ver al médico en ocasión en que tenía la casa llena de clientes. Con voces angustiadas le dijo que le socorriera, y como el doctor le replicase que ya había hecho por él cuanto podía, dando muy descompuestos gritos exclamó el mendigo, aludiendo á la farsa convenida: -Es una infamia que usted coma con mi vista y que yo no pueda comer por ella. Mi oficio eran mis cataratas; usted me las ha quitado para lucrarse con ellas, como el ladrón que asalta al caminante y después de despojarle de su dii. e-