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LAS CATARATAS Desesperado estaba D. Octavio Montesinos, oculista célebre aunque ignorado, porque no podía romper el hielo de la universal indiferencia que acerca de él mostraban sus colegas, ni adquirir Silentes, ni aumentar su peculio, ni extender su fama; y era, en verdad, un dolor que aquellas tus hábiles manos, que pudieran sanar desde los ojos de un hombre á los de un puente, permanecieran ociosas ó entregadas á lo sumo á escribir cartas á la familia, á jugar al tresillo ó á disolver terrones de azúcar en una taza de café, rodeado de compañeros, si no más instruidos, más acreditados que Octavio. Pero la fortuna, que siempre nos ofrece un cabello de donde asimos, se lo tendió al oculista en forma de ciego callejero que hacia él dirigió sus manos pidiéndole limosna. Octavio conoció inmediatamente que el ciego no tenía otra cosa que nublara su vista que añejas cataratas, y proyectando una operación que al ciego abriera los ojos y á él la bolsa, le dijo lo siguiente: -Yo voy á curar á usted; pero ya que no pueda pagarme en dinero, me satisfará la cuenta siguiendo puntualmente mis instrucciones. Loco de alegría él ciego, le dijo que con tal de volver á ver la luz del día sería capaz de hacer todo lo que le ordenase, y una vez concertados ambos en principio, el doctor condujo á su casa al ci go, le hizo vestirse un traje adecentado y le recomendó que á las tres de la tarde de aquel mismo día entrase en cierto café de los más concurridos de aquella capital y se aproximase hacia las mesas de la derecha solicitando una limosna. Otros muchos encargos le hizo, encaminados todos á que no se malograse la bien urdida farsa, y como prometiera el ciego no separarse de ellos en un ápice, los dos se despidieron contentos, uno esperanzado con su vista y otro con su fama. A la hora mencionada hallábase en el café nu. estro joven Octavio acompañado de sus colegas y amigos, cuando entró el ciego y con pasos dubitativos y atentados se encaminó á las mesas en donde el oculista y sus compañeros se encontraban. Aunque les llamó la atención que aquel hombre con aquel traje pidiese limosna, ya se disponían á decirle que Dios le amparara, cuando Octavio se levantó, le examinó los ojos delante de todos con gran prosopopeya y le dijo; -Pero hombre, ¿no ha encontrado usted á ningún oculista humanitario que le opere los ojos? -Señor, dijo el ciego sonriendo con amargura, mi ceguera es de aquéllas que no pueden curarse. He recorrido las principales capitales de Europa; he consultado en ellas á los más eminentes oculistas; he consumido mi fortuna, porque yo era rico, en viajes y consultas, y al fin he sacado la triste convicción de que no han de volver á abrirse mis ojos á la luz.