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Decidióse á hacer el ensayo definitivo, por el cual, si la crisopeya era ciencia y él u n sabio, quedaría patente el descubrimiento. Encerróse á este propósito en el laboratorio, situado en una torrecilla de su casa solariega. Las ventanas, en forma de ojiva, estaban berméticamente cerradas con vidrieras de un tono verdoso; los pedacitos de vidrio veíanse sujetos por gruesos losanges de plomo; el pavimento del laboratorio, lo mismo que las paredes, eran de piedra. Llenaban el aposento varios hornillos adosados al muro, una mesa de roble que ocupaba el centro, un sillón de cuero de Córdoba y un trípode, amén de u n facistol sobre el que se veía abierto un libro en pergamino; sujeto á la pared por grandes escarpias veíase u n estante, y sobre él retortas, matraces, alambiques, crisoles y otros aparatos apropiados para realizar operaciones químicas; en la mesa había u n totum revolutum de masas de plata, estaño y cinabrio en bruto, mercurio encerrado en botes de vidrio, un ejército de frascos rotulados en latín, espátulas, hierros de formas diversas y otros menesteres alquímicos, en los que no podía faltar el astrolabio y el reloj de arena. Sin túnica negra ornada de tibias y calaveras, sin tremendo cucurucho también negro sembrado de estrellitas, como pintan á los sabios y nigromantes de remotas edades, permanecía Martín Vargas en su laboratorio. Inquieto y nervioso paseábase el hombre, parándose, ora á releer los loti- píijos del libro que le servía de guía en su experimento, ora delancrisol en que se fraguaba el misterio científico, ora á compulsar lioso horario. ó un momento en que se quedó parado á un extremo de la es Sus ojos dirigieron una mirada indecisa á las vidrieras, por las isbalaba con melancólico matiz la claridad vespertina; los vidrios -así alumbrados hacían raro contraste con el tono rojo de los 5 ri 1 líos y con la luz de una lámpara de bronce, cuyo resplandor hacia 1 I hacecillos de chispas al metal de los alambiques y al vidrio de naces y retortas; las paredes de piedra, recubiertas por la pátina I ii impo, tenían un brillo tenue, interrumpido en los ángulos supei homicidas telas que tendieron las arañas. on por Un gran rato pei maneció Martín Vargas meditabundo. Vino á sacarle de su abstracción una llamarada azul que iluminó con violento y fantástico resplandor el laboratorio y la cara de su dueño. ¡Ya arde el azufre! monologó Vargas haciendo u n gesto de disgusto al recibir el vapor sofocante que exhalaba aquel cuerpo. La llamarada azul fué envuelta por los últimos destellos del sol, que trabajosamente metía sus inquietas y brilladoras saetas á través de la verdosa cristalería. ¡Pronto estará todo resuelto! repuso Martín Vargas acercándose al hornillo. En aquella fusión extraordinaria de la luz solar y la del azufre, vio estupefacto Martín Vargas dibujarse la silueta de una mujer joven y hermosa, envuelta en nivea y flotante túnica. La mujer irradiaba de sus ojos una luz aún más fuerte que en la que se veía encerrada. El sabio tendió sus manos hacia la mujer, pero ésta, sonriéndose, murmuró señalándole el hornillo: ¡Toda tu ciencia acaba de consumirse en esa llama azul! ¡Querer hacer oro sin ser Dios, es una locura, una ambición irrealizable! ¡El trabajo es la única piedra filosofal que en el mundo no puede ser una quimera p a r a los hombres! A LiciASDRo Dino. TOS 1) 1! M É N D E Z B R I N G A L. iRRUBIETíA