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CUENTO HERMÉTICO Si quieres ser dueño del mundo, dispon del aurífero metal como pudieras disponer de la arena del Sahara, í l a r t i n Vai gas era señor, por cuanto sus pergaminos y sus caudales colocáronle en este punto de la escala social, pero BU señorío era harto limitado para aquel gran ambicioso, que quería dominar como dueño absoluto de este planeta; locura sin nombre, por cuanto nadie es dueño de nada, n i aun de sí propio, por estar todo supeditado á u n a Voluntad omnisciente. -Si el oro, pensó Vargas, puede levantarme triunfador sobre el pavés, busquemos el metal que reluce como un rayo de sol, dispongamos de él sin tasa y compremos el mundo, es decir, los hombres. Encadenaré á mi voluntad todas las voluntades, y mi trono será tal, que asentándose en el punto m á s alto de la tierra, tendré toda ella á mis plantas, y los que la pueblen, sin excepción de razas y clases, vendrán á rendirme pleitesía. Todo esto, que ahora es una nebulosa en mi cerebro, una quimera, una utopia, será realidad siempre y cuando que pueda cruzar el planeta con u n río de oro. Pero ¿en dónde encuentro yo tan gran masa metáli oa? Cualquier procedimiento natural que siga para reuniría sería un fracaso por su lentitud. Con tamaño anhelo traía Vargas enloquecido el magín, y para él deslizábanse en turbio los días y en claro las noches, fijo en su iiiea y más ambicioso cuanto menos veía la solución á su disparatado problema. -Si no puedo reunir todo el oro de la tierra, por ser esto imposible, al menos- intentaré crearlo en la proporción qae se me antoje. Tal fué el dilema que- puso punto final á sus indecisiones. -El fiat de este deseo sólo puedo encoatrarlo en la crisopeya. Martín Vargas dióse á adquirir cuantos libros trataran j- j í I- -iir- de filosofía hermética ó alquimia, y después de quemarse -j pestañas leyendo Las doce llaves de la Filosofía, de Basilio Valentín; El meollo de la Alquimia, de Rogerio y Bacon; La clavícula, de Kaimundo Lulio; La luz saliendo- de las tinieblas y La entrada abierta al palacio cerrado del Rey, de Philatete; El triunfo hermético y El Crede mihi, do Th. Norlon, y (trf s tiatados de Geber, Arnaldo de Villanueva, de Roquetallade, etc. etc. no menos rimbombantemente titulados, cayó en la cuenta de que no era cosa tan faera de sentido el encontrar la piedra de que se ocupaban con machacona prolijidad los infolios y pergaminos que discurrían sobre la ciencia atribuida á Kermes. Todo era cuestión de estudio y paciencia, de ensayos y manipulaciones extrañas; pero si la suerte coronaba estos esfuerzos, él, Martín Vargas, sería el hombre envidiado por los demás hombres al verle único señor de todos ellos. Mayor osadía que ésta era la de pretender crear el Ilomúnculus, y, no obstante, más de un sabio buscaba solución á tan descabellado propósito. Claro es que Martín Varga que poseía talento excepcional y una instrucción sólida para la época de barbarie y fanatismo que cruzaba, no pretendió encontrar la piedra filosofal en el rocío expuesto al sol, ni en el humus, ni en las piedras, ni en tantas otras materias que acusaban en sus ensayadores menos sindéresis que la que puede tener un mosquito. Tampoco se le ocurrió para resolver tan ardua empresa invocar al diablo, convocar duendes, tratar con brujas, asistir á aquelarres, ni hacer conjuros ni sortilegios: la magia, la nigromancia y todas esas artes negras son lógicas para los tontos, para el montón anodino que no discurre y cree en las sibilas, en los hechizos y en otras mil y una aparatosas tonterías de embaucadores y farsantes. A Martín Vargas le bastaba su hermenéutica en la alquimia y su fe en que lo de la piedra filosofal sería un hecho II Después de muchos intentos inútiles, después de gastarse para hacer la transmutación necesaria u n capital en cinabrio y otros metales viles como designaban los alquimistas á todos, exceptuando el oro, Martín Vargas creyó topar con el gran secreto de la tan codiciada piedra en u n libraco escrito en u n latín bárbaro casi ininteligible.