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Recuerdo como si lo estuviera viendo el brío y coraje con que líetaeo se volvió al regimiento melancólico y aquellas sus memorables palabras; -iJisíy qne Buhir, pelones! Pasamos. Toda la primera brigada se reía con cierto recato al vernos, y la segunda también, y llegamos al pie del repecho. Iba Betoco delante con el sable, dos veces más largo que su brazo, en la mano, cogido nerviosamente á la brida, y el regimiento detrás silenciosamente y á paso regular. A mitad del repecho nos ccncontró la tempestad, que venía de arriba; debieron caer muchos, aunque yo no lo vi, pero seguimos subiendo apoyados por las seis baterías. Cómo íbamos de sudor y de encendidos por el sol y de blancos por el polvo, casi no me acuerdo. Dos veces enconlra- mos aquella horrenda tempestad de plomo en el camino, pero no hubo en todo el regimiento un chispazo de vacilación. Nadie quería volver sin haber estado arriba. Llegamos, sí, llegamos por fin. Aquellos diez minutos gastados en el repecho me parecieron un siglo. Calló la artillería para no diezmarnos con los otros, y Retaco primero, y los pelones que quedaban detrás, se metieron como demonios en la trinchera, saltando los parapetos como perros rabiosos, apoyándose unos en el fusil, gateando otros como pudieron, y llevados todos de la rabia de cobrarse los desdenes pasados y el espanto contenido de la subida. Yo no sé lo que hice entonces, ni creo que lo sepan los demás. Dos cornetas que quedaron nos sacaron con gran trabajo de aquella borrachera en fuerza de tocar alto; formamos dueños de la Culebra y nos contamos: éramos doscientos. Se habían quedado en el repecho seiscientos hombres. Anocheció aquel horrible 12 de Junio. Caído ya el sol del otro lado de la sierra, encendía una faja de vapores en lo alto, y á aquella luz de grana vio el cuerpo de ejército á los doscientos hombres del regimiento firmes sobre los fusiles, manchados casi todos de polvo y sangre, muchos sin ros, y al coronel Retaco á pie y al frente, por haber perdido la montura, cru 2 ádo de brazos y esperando órdenes. Llegó el general con los oficiales, que nos miraron serios á través de los lentes; abrazó á Retaco y nos dijo volviéndose y con voz entera: -I Bien por el regimiento I Se fué; cuando ya de noche rompimos filas vino Retaco, casi de hombre en hombre, atosigado de emoción, diciéndonos una porción de cosas deshilvanadas que todos entendimos, y, solos en la altura de la conquistada Culebra, nos volvimos á aquel repecho en que se movían los fa 4- oles de la ambulancia, y gritamos en desahogo de nuestras pasadas amarguras y como tributo á aquellos seiscientos héroes que ya no podían endulzarlas: Yiva, n los pelones FEDERICO T J R R E C H A DIBUJOS DK E S T E V A N Srf i M P S E i W M M I J H B H