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I ii. l I i i 1 3 Ó en Hormigosa el 12 de Junio, me llevaría conmigo una amargura insoportable. No llaméis vanidad á esto: hay cosas superiores á nosotros y que hablan solas, como las que 08 voy á decir sin asomo de amor propio. No hubo en Hormigosa aquel día ni baches, ni lluvia, ni nada de eso que tan bien sienta en el fondo de un cuadro militar. Echaban lumbres el sol y fuego las laderas de los viñedos, y desde las alturas de Hormigosa veíamos el río en el fondo, quemando los ojos con el brillo de la luz en el agua corriente, como chispazos rápidos de una espada gigantesca, y á su lado la carretera, blanca como una faja de cal viva manchada á trechos por las seis baterías rodadas, inmóviles y como fatigadas bajo el sol que mariposeaba en el bronce de los cañones. No sabéis las amarguras que sufrimos desde el comienzo de la campaña. Nosotros no éramos nadie ni podíamos servir nunca para nada. ¡Pobre regimiento, que seguía al ejército como un harapo incómodo de que no podía desprenderse! Como yo eran allí todos; pequeños, insuficientes, desgarbados, sobrantes de la selección que hacían en las cajas la artillería, los ingenieros y la caballería. Cuando llegaba la hora de pegar, se nos ponía á un lado para que no estorbásemos, y os juro por estos galones que más de una vez vi llorar de coraje al coronel, otro como nosotros, viejo ya, Con dos ojillos chicos abiertos á punzón, y un bigote casi blanco cortado al nivel del labio. En el cuartel general tenía aquel héroe menudo su apodo. Retaco, y nosotros el nuestro, el único que había parecido bien á aquellos oficialetes del Estado Mayor que gastaban lentes y se peinaban á diario. Nosotros éramos los pelones. Todo esto es muy triste, pero era verdad. Ni en la acción de Centeneda, ni en la sorpresa de Lagartera, ni en parte alguna hicimos nada, porque cuando el cuerpo de ejército estiraba sus miembros con arreglo al plan convenido, venía uno de aquellos oficiales con lentes y decía invariablemente: -IA un lado esos! Esos éramos los pelones; el coronel Betaco revolvía el caballo con el gesto más agrio y duro que un cordobán, y desfilábamos hasta cerca de la ambulancia y de los acemileros, que se reían delante de todo el regimiento sin rebozo alguno. Y allí se quedaba el regimiento, apoyados todos melancólicamente sobre las armas, mirando con tristeza á los que más lejos se batían, oyendo delante de nosotros el rumor enérgico de la pelea y detrás el ruido ingrato de los herradores y los relinchos de espanto de las acémilas. Pero llegó el día tremendo de Hormigosa, y aquel momento en que se juzgó imposible tomar jamás el agrio repecho de la Culebra. Parecía que todo el fuego del cielo encendía aquella cumbre. Dos veces intentó la subida la tercera brigada, toda buena gente que adelantaba á la carrera, y dos veces bajó á la carretera un poco desordenada verdaderamente. Adelantaron las seis baterías y granizaron sobre las trincheras de la Culebra hasta el medio día. Saltaban allá arriba las piedras y él terruño hecho polvo, pero los otros se mantenían firmes. Entonces se tocó llamada en el cuartel general, junto al río, y pasaron hacia allá los jefes de las brigadas y los oficiales de Estado Mayor, todos preocupados, y hubo junta para el sorteo. Lo que no quiso la voluntad, quiso el azar: el número uno fué para los pelones, y el jefe de nuestra brigada nos dio orden de avanzar en orden de batalla.